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Editorial

Sociedad fallida

El adoctrinamiento y el reclutamiento de menores para la guerra o para actividades ilegales solo se combate con la presencia decidida del Estado, y con la lucha frontal contra esas organizaciones criminales.

Tanto comunidades indígenas como afro en el norte del Cauca exigen el cese al fuego de los grupos armados ilegales, así como el reclutamiento de menores a sus filas.
Tanto comunidades indígenas como afro en el norte del Cauca exigen el cese al fuego de los grupos armados ilegales, así como el reclutamiento de menores a sus filas. | Foto: Jorge Orozco - El País

Editorial

10 de jun de 2024, 01:48 a. m.

Actualizado el 10 de jun de 2024, 01:48 a. m.

En los últimos cuatro años 817 menores de edad, en su mayoría de comunidades indígenas, han sido reclutados o desaparecidos por organizaciones criminales en el departamento del Cauca. Es una cifra vergonzosa, que tiene que mover los cimientos de la sociedad y obliga al Estado colombiano a asumir la responsabilidad que le compete.

La investigación realizada por El País y publicada en su edición dominical cuenta la que, sin duda, es la historia más cruel e inhumana de la guerra que sostienen grupos alzados en armas, y el crimen organizado, contra las poblaciones que habitan esta región del suroccidente nacional. Es la transgresión de todos los derechos que protegen a los niños y adolescentes, además de la violación flagrante de las normas del Derecho Internacional Humanitario, que buscan mantener por fuera del conflicto armado precisamente a quienes son más vulnerables.

Es evidente la incapacidad de las fuerzas del orden estatales para impedir que esos menores de edad sean cooptados por las guerrillas, el narcotráfico o las bandas delincuenciales. Son 817 niños, niñas y jóvenes de menos de 18 años, o incluso miles si se tiene en cuenta que muchos casos no son denunciados por temor, que han sido obligados a salir del seno de sus familias, de sus comunidades, para unirse a la guerra, convertirse en carne de cañón de la violencia o ser víctimas de explotación sexual.

Como lo contó este diario, hay cientos de historias en las que el Estado -desde las autoridades territoriales, pasando por las Fuerzas Armadas, incluyendo al aparato de Justicia, así como a las entidades encargadas de proteger a la niñez e incluso la misma sociedad- ha fallado en su deber de brindarles protección. Que no se sepa dónde están esos menores, si han sido asesinados o se encuentran en primera fila en los frentes de batalla, es inadmisible.

Lo es también que en medio de lo que solo puede calificarse como una práctica aberrante e insensible, se siga hablando de diálogos, de paz total o pensando en ceses al fuego sin exigir primero, y por encima de cualquier principio de acuerdo, que cada uno de esos menores reclutados o desaparecidos sean regresados a sus hogares. Las estructuras armadas de las disidencias guerrilleras, el Eln o cualquier grupo criminal que los tenga, tienen que responder ante los colombianos y ante la Justicia.

El adoctrinamiento y el reclutamiento de menores para la guerra o para actividades ilegales solo se combate con la presencia decidida del Estado y con la lucha frontal contra esas organizaciones criminales. En el norte del Cauca, en el Valle o en Cali, que no es ni mucho menos ajena a la situación como se ve en algunos sectores del oriente y de las laderas de la ciudad, la obligación es proteger a la niñez, garantizar sus derechos fundamentales y salvarla de las garras de la violencia.

Ni un niño, ni una niña, ni un adolescente más muerto, desaparecido o arrebatado de su familia en medio del conflicto armado. Si ello no se logra, Colombia seguirá siendo una sociedad fallida y en deuda con sus población menor de edad.

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