Columnistas
Petro y su relato
El espectáculo narrativo sustituye la acción de gobierno.

Gabriel Velasco
3 de abr de 2025, 03:10 a. m.
Actualizado el 3 de abr de 2025, 03:11 a. m.
En febrero, Colombia fue testigo de un hecho sin precedentes: un consejo de ministros transmitido en vivo durante más de seis horas, que terminó siendo un espectáculo de confrontaciones internas. Ministros como Susana Muhamad y Gustavo Bolívar, la vicepresidenta Francia Márquez y otros altos funcionarios, evidenciaron profundas divisiones frente a las decisiones del gobierno. La tensión creció hasta desembocar en un fuerte enfrentamiento contra Laura Sarabia y Armando Benedetti, figuras claves del círculo presidencial. El episodio reveló algo más que una crisis interna: mostró cómo el relato ha pasado a ocupar el centro de la acción gubernamental.
Desde su llegada al poder, el presidente Gustavo Petro ha hecho de la narrativa su principal forma de gobernar. No gobierna solo con decretos, sino con palabras. Cada día, desde su cuenta de X, interpreta los hechos, marca enemigos, anticipa decisiones. En muchos casos, los anuncios se hacen por redes antes que por los canales oficiales. En otros, ni siquiera hay decisiones concretas, solo intenciones. El espectáculo narrativo sustituye la acción de gobierno.
Este estilo moviliza emocionalmente a sus bases, pero también crea una burbuja que debilita la rendición de cuentas. Si el discurso se impone sobre los resultados, entonces el gobierno se protege de sus fracasos reescribiendo la realidad. En lugar de corregir, reinterpreta. Y cuando el relato es más importante que los hechos, el país deja de avanzar y se queda atrapado en el espectáculo.
Pero el relato no solo comunica, también concentra poder. Al construir una versión única de los hechos, toda contradicción se vuelve sospechosa. La oposición deja de ser un actor legítimo y se convierte en enemigo. Las instituciones que equilibran el poder son vistas como obstáculos. En esa lógica binaria, quien no cree en la narrativa queda excluido y señalado.
A esto se suma una comunicación hipercentralizada. En lugar de que ministros y voceros institucionales ejerzan su rol, se ha impuesto un modelo donde todo gira alrededor de una sola voz: la del Presidente. Cuando habla, todos replican. Esa dependencia debilita la institucionalidad. Un país no puede depender de una sola voz, por brillante que sea.
Además, el gobierno ha construido un ecosistema de comunicación propio: medios públicos alineados, influenciadores contratados, emisoras comunitarias fortalecidas con pauta. No habría problema si esto no ocurriera al mismo tiempo que se estigmatiza a medios críticos y se sugiere que todo contradictor actúa con mala intención.
Cuando la verdad deja de ser el horizonte común, la democracia pierde su base. Porque una democracia no exige que todos pensemos igual, pero sí que partamos de algunos hechos reales compartidos. Si cada quien se aferra a su propia versión, el diálogo se rompe. Entonces, la política deja de ser un debate de ideas y se convierte en una pelea de narrativas. Y cuando todo es relato, lo que está en juego ya no es la palabra, es el poder.
No se trata de negar el valor de las narrativas. Movilizan, conectan, inspiran. Pero cuando el discurso reemplaza los hechos, la autoridad se aleja de la realidad y se apoya en percepciones emotivas. Ya no se gobierna por resultados, sino por versiones. Sin verdad, todo es un cuento. Y sin hechos se diluye los cimientos de una democracia. Defender la verdad es parte de la democracia. Porque sin verdad, todo es narrativa. Y cuando todo es relato, también se inventan los límites del poder.
Gabriel Velasco
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