Columnistas
Ignorancia programada
Las actitudes totalitarias en política o religión suponen que hay hechos, creaciones artísticas, argumentos y narraciones que es mejor que no se conozcan.

Leyendo una columna del escritor cubano Leonardo Padura publicada en el diario español El País el pasado 16 de marzo, me encontré con el enunciado que titula esta columna: ignorancia programada. Se refería Padura a un aspecto presente y dominante durante muchos años en la extinta Unión Soviética: había cosas que nadie debería saber, que era mejor ocultar y que no se permitía investigar. Una de ellas era que Stalin había ordenado asesinar a Trotsky, hecho sobre el cual gira su novela El hombre que amaba los perros.
Suena raro, pero, mirándolo bien, es bastante comprensible. Así como hay un canon que todos deberíamos estar en capacidad de reconocer como el conjunto de referencias en las ciencias, las artes, la música y la literatura -los clásicos- compuesto por aquellas obras que por su impacto nos han conducido a pensar y a sentir en la forma como pensamos y sentimos, las actitudes totalitarias en política o religión suponen que hay hechos, creaciones artísticas, argumentos y narraciones que es mejor que no se conozcan. Los hubo en la Iglesia Católica, como el famoso Index Librorum Prohibitorum, que existió desde 1564 hasta 1966, cuando fue suprimido por el papa Pablo VI.
Tal y como están las cosas hoy, en los grandes centros de poder mundial, como Washington, Moscú o Beijín, intencionalmente se siguen escondiendo verdades incómodas sobre cambio climático y derechos humanos. Gracias a los desarrollos tecnológicos digitales, hoy es más fácil y productivo programar la ignorancia. No tenemos que esforzarnos mucho, los algoritmos, alimentados con una selección de datos intencionalmente escogida, de hecho, lo hacen por nosotros. La ignorancia programada de hoy es paradójica. Surge precisamente en medio de lo que algunos sociólogos describen como “la sociedad del conocimiento”. En ella abunda la información, pero se empobrece la comprensión. En general puede decirse que hoy la gente comprende menos el mundo, la ciudad, la vereda o el barrio en el que vive, pues no resulta fácil comprender un mundo en el que cualquier burrada tenga tanta difusión y sea tenida por verdad incuestionable.
Ese es el corazón de la ignorancia programada: se transmite a través de fake news y verdades a medias, y el crecimiento de su impacto es exponencial. Su caldo de cultivo es, por supuesto, las redes sociales y los medios de comunicación. Para que la gente comprenda cada vez menos no es necesario esconderle nada, basta con entregarles un teléfono conectado a la red.
Puesta en marcha, la ignorancia programada parece conducirnos a algo aún más perverso que me atrevo a llamar ‘incapacidad reflexiva’. ¿Cómo reflexiona la gente que cada día comprende menos? Las personas, así lo percibo yo, reflexionan cada vez menos, pero no porque no quieran, sino porque no saben hacerlo. La capacidad reflexiva es personal, pero la reflexión ocurre en contextos sociales y culturales.
Toda reflexión, si es cognitiva, está orientada hacia la verdad, pero si es ético-política, se realiza de cara al bien, a lo justo, a lo que conviene. ¿Cómo es posible reflexionar cuando cualquier cosa es verdad o mentira, y cuando cualquier propósito puede ser tenido por correcto? Aristóteles decía que una vida bien vivida era una vida reflexionada, ya que la reflexión permite que las personas le den sentido a lo que hacen y a lo que omiten, hace posible ordenar los deseos y priorizarlos razonablemente. Hacerlo sobre la base de una ignorancia programada resulta bastante arriesgado.
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