Columnistas
Salud, caos y control
Entender cómo funciona el sistema, quién toma las decisiones y hacia dónde va el modelo de salud, es una responsabilidad ciudadana.

Hermann Stangl
4 de abr de 2025, 02:42 a. m.
Actualizado el 4 de abr de 2025, 02:42 a. m.
¿Qué es lo más valioso para cualquier ser humano? La salud. Es la base de todo lo demás: sin salud no hay trabajo, no hay educación, no hay libertad. Cada quien decide, dentro del sistema de salud de su país, cómo cuidarse, qué médico visitar y qué tratamientos seguir.
En Colombia, el sistema de salud funciona sobre dos regímenes: el contributivo y el subsidiado. A cada persona le corresponde su servicio de salud según sus ingresos, empleo, condiciones particulares o ubicación. Las Entidades Promotoras de Salud (EPS) compiten por afiliados y las Instituciones Prestadoras de Servicios de Salud (IPS) prestan los servicios, todo dentro de un marco regulado.
A pesar de sus fallas, nuestro sistema ha demostrado resiliencia. Durante la pandemia de Covid-19, logró expandir cobertura, implementar campañas masivas de vacunación y evitar colapsos graves como los que ocurrieron en muchos otros países.
Pero hay algo más que no se puede perder de vista. Cuando un gobierno controla completamente la salud, también puede llegar a controlar la vida de los ciudadanos. Es lo que ocurre en países como Cuba y Venezuela, donde el modelo de salud es estatal en su totalidad.
En Cuba, el sistema es presentado como gratuito y universal, pero la realidad es otra. Más del 70 % de los ciudadanos reportan falta de medicamentos esenciales, insalubridad en los hospitales y discriminación en la atención. El discurso oficial se sostiene con propaganda, mientras la salud real se deteriora en silencio.
En Venezuela, el sistema público colapsó hace años. El 95 % de los centros médicos públicos tienen fallas graves de servicios básicos como agua y electricidad. Las operaciones se postergan por falta de insumos, y los médicos migraron por miles ante salarios indignos. La salud dejó de ser un derecho y se convirtió en un privilegio que depende del favor del Estado. La gente muere por enfermedades tratables, mientras el régimen repite el discurso de equidad y justicia social.
La salud es un terreno perfecto para generar caos. Es emocional, urgente y vital. Cuando alguien teme por su vida o la de su familia, está dispuesto a ceder todo a cambio de una promesa de atención. Por eso, cuando un sistema de salud se desmorona en manos de un gobierno que busca mantenerse en el poder, conviene preguntarse si estamos frente a un error o frente a una maquiavélica estrategia.
Es importante cuidar la salud como un acto de libertad. Entender cómo funciona el sistema, quién toma las decisiones y hacia dónde va el modelo de salud, es una responsabilidad ciudadana. No podemos normalizar su deterioro ni resignarnos a servicios cada vez más precarios. Cuando el sistema falla sistemáticamente, hay que analizar si estamos ante una negligencia o ante una posible forma de control. La salud pública debe ser eficiente, transparente y estar libre de intereses políticos. No puede ser usada como herramienta de poder ni como excusa para limitar derechos.
Sin salud no hay democracia, y sin democracia, la salud deja de ser un derecho y se puede convertir en una moneda de cambio.
Hermann Stangl
Regístrate gratis al boletín de noticias El País
Te puede gustar