Columnista
Dignidad vs indignación
La dignidad dejó de ser valiosa, ante la necesidad de sobrevivir.
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20 de ene de 2026, 02:33 a. m.
Actualizado el 20 de ene de 2026, 02:33 a. m.
Indignación e indignidad tienen una conexión lingüística profunda; ambas derivan del latín indignus (indigno) y se relacionan con algo que no es digno o merece respeto. La indignación es la reacción emocional (ira, enfado) ante lo indigno, mientras que la indignidad es la cualidad o estado de no ser digno o merecedor. En ambos conceptos está esa sensación de descalificación, desmerecimiento, generada por actitudes de prepotencia, soberbia, abuso, de la contraparte. Lógico, no se produce la indignación sin que alguien la patrocine. Existen uno o varios individuos que proporcionan el clima de la humillación, porque en definitiva, la indignación es un acto de humillación.
Y eso fue lo que sentí con la actitud que asumió María Corina ante Trump: un acto de total menosprecio de sí misma, rindiéndole pleitesía a quien la había despreciado. Paulo Freire dice que cuando un pueblo pierde su dignidad al ser oprimido, se ‘alía’ con el opresor y ya lo considera su salvador. El oprimido se ‘identifica’ con el abusador, perdiendo su valoración como ser humano. En psicología se identificó esta conducta como ‘síndrome de Estocolmo’, recordando la historia de Patty Hearst, secuestrada en USA por un grupo extremista, con el que posteriormente se identificó y terminó sirviendo a su causa. La condición humana es muy vulnerable y la necesidad de reconocimiento se vuelve tan necesaria como el aire que se respira, hasta el punto de trocarse los papeles y el salvador que aplasta puede convertirse en héroe. La historia está plagada de casos donde el sometimiento se vuelve vida y la dignidad, inexistente. Sucede a menudo, por ejemplo, al interior de las parejas, de las familias, donde el que manda o tiene el poder ‘somete’ compensando con migajas, pero es el dueño del balón. Y por una necesidad casi patológica de aceptación, se renuncia a la propia dignidad.
La dignidad tiene que ver con conciencia, autoestima, merecimiento. De acuerdo a historiadores, se dice que las civilizaciones duran más o menos 250 años y la industrial, la actual, tiene ya fecha de caducidad aproximada para el 2050, viviendo actitudes que anteceden al colapso. Pérdida de valores, dolor, falta de principios morales, desigualdades, racismo, incoherencia, cinismo, desfachatez, abusos, discriminación, poder abusivo, control opresivo. Desprecio por el otro, por lo humano, por la naturaleza, pero eso sí, rodeados de comodidades, ‘progreso’ material y científico debido al aporte industrial. Pero no se llega a la esencia, a lo vital. Los esclavos de la nueva era no tendrán cadenas físicas: tendrán cadenas digitales donde se prohibirá tener criterio, pensar diferente, asumir posturas propias. Ya lo estamos viendo… el final de esta era ‘anuncia’ el fracaso de la humanidad: la desigualdad extrema en la condición humana donde la vida vale de acuerdo al lugar geográfico que se habite. Donde el ‘poderoso’ se atribuye ‘licencia de Dios’ y las reglas o principios son solo accidentes del momento. La incoherencia manda la parada. No se desgaste pidiendo claridad o respeto. Hay que aprender a vivir en este mundo donde los radicalismos se acrecientan. La dignidad dejó de ser valiosa ante la necesidad de sobrevivir. María Corina ‘escogió’ entre sometimiento o dignidad… Estaba en todo su derecho, solo que creó un precedente nefasto: ensalzó al atropello y dio licencia para continuar haciéndolo. Pagaremos las consecuencias de esa indignidad.

Psicóloga, conferencista de temas de pareja, cambio y espiritualidad. Licenciada en Letras. Directora de los programa de televisión Revolturas, Despertar de la Conciencia en el Canal 14, y "Consultándole a GloriaH" en el Canal 2 en Cali. Colaboradora habitual de la radio en Oye Cali, El corrillo de Mao . En 2009, ganó el premio Rodrigo Lloreda Caicedo a la mejor columna de opinión en El País. Autora de los libros Hablemos del Amor , "Amarte no es tan fácil" y Dónde esta mi papá´.
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