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¿Cómo somos los colombianos?

Lora reafirma que el pueblo colombiano sigue siendo tradicionalista, madrugador y trabajador, que ha perdido la fe en la democracia y que convive en una sociedad asediada por el crimen.

Álvaro Guzmán Barney
Álvaro Guzmán Barney | Foto: El País

2 de jul de 2025, 03:51 a. m.

Actualizado el 2 de jul de 2025, 03:51 a. m.

El economista Eduardo Lora publicó recientemente un libro en el que propone una interpretación descriptiva sobre cómo somos los colombianos (Penguin Random House, 2025). Conocimos a Eduardo Lora hace cerca de 50 años, cuando se desempeñó como destacado profesor en la Facultad de Ciencias Sociales y Económicas de Univalle que le concedió una Comisión de Estudios para hacer una Maestría en la Escuela de Economía de Londres.

El libro se caracteriza por una presentación sencilla y amena de bases de datos, especialmente cuantitativos. Sobresalen los datos del Dane, del BID, de Gallup, de Lapop, de la Ocde, entre otros, que Lora trabaja para su presentación de manera muy didáctica.

Hace “hablar los datos” y, a través de ellos, nos permite conocer algunas formas de ser de los colombianos, de manera “agregada” como decimos los sociólogos, cuando tratamos de interpretar el conjunto social y no los individuos per se. Una virtud del análisis, más allá de cruzar los datos de manera significativa por sexo, edad o región, es mostrar la trayectoria diferenciada en el tiempo, distinguiendo según generaciones, desde la posguerra en 1946.

Lora reafirma que el pueblo colombiano sigue siendo tradicionalista, madrugador y trabajador, que ha perdido la fe en la democracia y que convive en una sociedad asediada por el crimen. Su libro se divide en 2 partes. La primera, dedicada a dimensiones importantes de la vida colombiana como la familia, la religión, la educación, el trabajo, la política, la calidad de vida y el uso del tempo. La segunda, a sectores específicos de la sociedad, como la población LGBTIQ+, las Etnias y Campesinos, los Viejos, Los Criminales Organizados y Las Élites.

En cada caso se señalan cambios notables, por ejemplo, en la composición familiar, en la educación alcanzada y en la calidad de vida. Se observa la vertiginosa caída de la Iglesia Católica, pero no de la religiosidad de la población. De mi parte, tengo tres comentarios. El primero tiene que ver con la confusión que implica introducir la categoría de “campesinos”, combinada con la de “etnias”. El campesinado es un concepto de clase social que remite a unidades familiares que viven de la posesión o propiedad de explotaciones agropecuarias.

Las ‘etnias’ son grupos que identifican a sus miembros, en primer lugar, por su adhesión racial. En mi perspectiva, puede haber campesinos que son negros, indígenas, mestizos o blancos. Por otro lado, puede haber negros o indígenas que no tienen nada que ver con el campesinado. Esta confusión puede estar anclada en los datos censales recientes que dejaron a un lado la perspectiva de los demógrafos que enfatizaban el concepto de clase, para darle lugar a científicos sociales “políticamente correctos” con el tema étnico.

El segundo comentario se refiere a los “Criminales Organizados”. Este es un capítulo importante, incuestionable en muchas de sus afirmaciones, pero deja de lado un tema más amplio: la dimensión que tienen la ilegalidad, las violencias y el ambiente mafioso en nuestra sociedad. El crimen organizado es además como, lo afirma el texto, de “cuello blanco” y va más allá del narcotráfico. El tercero es el capítulo sobre las élites que, en mi opinión, no existen sin su contraparte: el pueblo, concepto que no hemos investigado en sus connotaciones desde los clásicos del populismo.

Eduardo Lora se pregunta al final para dónde vamos. Ciertamente, quedan por resolver problemas de desigualdad y de inclusión. Pero, sobre todo, hay que confiar en la sociedad colombiana que cree en el trabajo, la solidaridad comunitaria o familiar, la democratización y en la defensa de la no-violencia para agenciar el cambio social.

Sociólogo de la Universidad Javeriana, M.A. y Ph.D. en Sociología de la Facultad de Graduados del New School for Social Research, Nueva York. Profesor del Departamento de Ciencas Sociales de la Universidad del Valle. Escribe en el periódico desde 1998.

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