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Un poeta

Hay poetas, que como el finado Juan Gustavo Cobo Borda, encontraron un refugio bien surtido en el cuerpo diplomático.

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Carlos Jiménez.
Carlos Jiménez. | Foto: El País.

22 de may de 2026, 02:09 a. m.

Actualizado el 22 de may de 2026, 02:09 a. m.

Simón Mesa Soto ha hecho la película que este país lleva esperando desde el principio de los tiempos. Fue declarado ‘país de poetas’ antes de que fuera reconocido internacionalmente como la patria de Pablo Escobar y muchísimo antes que el presidente Gustavo Petro lo consagrara como “potencia mundial de la vida”.

El colombiano de a pie ha sabido desde siempre que esta es tierra de poetas, pero no había tenido hasta ahora la oportunidad de ver en la pantalla una película que corrobora lo que igualmente sabe: que los poetas son unos muertos de hambre. Como lo fue Julio Flores in illo tempore, como lo fue Raúl Gómez Jattin hace muy poco.

La asociación de hambre y poesía fue forjada en el siglo XIX por el romanticismo y corroborada, en el filme dirigido por Mesa Soto, por Óscar Restrepo, el poeta que se niega a aceptar el cargo de profesor de literatura que le ofrecen para sacarlo de la miseria, porque “él es un poeta que no puede dedicarse a nada distinto a la poesía”.

Asociación inclemente que hoy renace, gracias al empeño de jurados de festivales y críticos de cine, bajo la figura del ‘perdedor’. El antihéroe por excelencia de una sociedad entregada por sistema a la más despiadada competencia de los unos contra los otros. Estas imágenes patéticas se superponen sobre la vida real de los poetas, que no suelen padecer las tribulaciones que padece Óscar Restrepo, el desgraciado poeta interpretado virtuosamente por Ubeimar Ríos en la película de Mesa Soto.

Hay poetas que como el finado Juan Gustavo Cobo Borda, encontraron un refugio bien surtido en el cuerpo diplomático. Hay otros a quienes les facilitó enormemente la vida el trabajo de copywriters en las agencias de publicidad, como Jota Mario Arbeláez. También están los que se convirtieron en novelistas exitosos, como William Ospina o Piedad Bonett. Y luego están aquellos, quizá la mayoría, que consiguen llegar cómodamente a fin de mes, todos los meses del año, gracias a su dedicación al muy noble oficio de profesor de literatura. Como es el caso de Harold Alvarado Tenorio, célebre por sus incansables campañas de desprestigio de otros poetas.

Todos ellos son, somos poetas, que, gracias al auxilio de otros oficios y profesiones, podemos ser “poetas en tiempos de penuria”, para decirlo con unos versos de Hölderlin, citados con excesiva frecuencia y por los más diversos motivos. Es lo que tiene la poesía: sirve tanto al bien como al mal.

Historiador y crítico de arte. Profesor de la Unviersidad Europea de Madrid y corresponsal de la revista ArtNexus en España. Es columnista del diario El Pais de Cali desde 1994.

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