Columnistas
Voto en blanco
Se merecen lo que les pase porque es sabido que los malos gobiernos son elegidos por los ciudadanos que no votan.
Siga a EL PAÍS en Google Discover y no se pierda las últimas noticias


20 de jun de 2026, 01:33 a. m.
Actualizado el 20 de jun de 2026, 01:33 a. m.
Votar en blanco es una decisión íntima que nace de una reflexión ética que tranquiliza la conciencia, pues la excusa de escoger entre dos males. Pero la ética social, o sea el conjunto de valores de una sociedad que incluyen el comportamiento cívico y la participación política, dicta que votar es una obligación ciudadana, en la decisión colectiva más importante en una democracia. Quien vota en blanco enfrenta su decisión ética personal a su responsabilidad como ciudadano, pues véase como se quiera es una manera de no comprometerse. Votar en blanco es una decisión personal correcta, pero una decisión social cuestionable.
Votar en blanco es muy diferente de abstenerse. En Colombia cerca de medio país en edad de votar no lo hace porque no le importa la suerte de la política, pues le parece que cualquiera sea el resultado de una elección su vida cotidiana no va cambiar. Descarga esa responsabilidad en los hombros de quienes votan. No hay un análisis de por medio sino pura indiferencia. Se merecen lo que les pase porque es sabido que los malos gobiernos son elegidos por los ciudadanos que no votan.
Quien vota en blanco por el contrario cree que está cumpliendo con su derecho y su deber de ciudadano, pero al ejercerlo se lava las manos como Poncio Pilatos; salva su conciencia de los reparos que le suscitan candidatos que no le gustan y se reserva el juicio a ser severo con el resultado de la elección. El sistema de las dos vueltas electorales tiene la ventaja ética de que ofrece a la ciudadanía en primera vuelta candidatos para todos los gustos; en ella el voto en blanco no tiene ninguna importancia, es un candidato más, generalmente muy minoritario. Pero en segunda vuelta puede hacer la diferencia entre los dos finalistas, quienes por la naturaleza misma del proceso terminan por representar dos maneras muy diferentes y extremas de conducción de la política.
La teoría dice que entre los dos candidatos finalistas gana quien haya sido capaz de reunir a su alrededor un número mayor de nuevos adeptos provenientes de los candidatos que no pasaron. La realidad que a veces golpea en la cara como una bofetada es que, como sucede hoy en Colombia, el apoyo de esas nuevas fuerzas es marginal, no es consecuencia de apoyos formales de partidos políticos organizados que no existen, sino de votos de opinión que se deslizan hacia la opción que perciben como menos riesgosa para sus intereses personales. Se echa de menos la existencia de partidos políticos cuyos candidatos no ganaron, con representación en el Congreso, que permitan crear una alternativa ganadora más moderada.
La polarización en Colombia acabó con la razón misma de ser de la segunda vuelta, que termina siendo una repetición de la primera, no siempre con los mismos resultados. No son tres semanas en busca de apoyos políticos nuevos que impliquen una negociación política sino tres semanas de un esfuerzo descomunal por añadir más votantes a una causa que no solo no se modifica, sino que se extrema aún más. Es en ese contexto donde el voto en blanco se convierte en una irresponsabilidad social. En una forma de ejercer una salvaguardia de conciencia que esconde una pretendida superioridad moral. Ciudadanos responsables, críticos, reflexivos, que creen cumplir su deber ciudadano votando en blanco, pero se marginan del resultado de la votación y por supuesto, de la suerte de su país.

Abogado especializado en Ciencias Socioeconómicas. Ha sido embajador de Colombia ante la Asamblea General de la ONU, Cónsul General de Colombia en el Reino Unido, Gerente Regional de la Caja Agraria y Secretario General de Anif y de la Universidad del Valle.
6024455000






