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Narrativa insurgente

Hoy, la batalla también es por el control de la percepción pública.

2 de abril de 2025 Por: Willy Valdivia
Willy Valdivia
Willy Valdivia | Foto: El País.

Cali enfrenta un nuevo tipo de asedio. No es solo el vandalismo visible en calles y monumentos. Lo que hoy se impone es algo más erosivo: una narrativa insurgente que mina la confianza institucional.

Lo que hemos visto en las últimas semanas no son hechos aislados. Algunos prefieren llamarlo simplemente vandalismo, pero ignoran que estamos frente a una estrategia calculada para deslegitimar al gobierno local desde lo simbólico. Grupos armados, estructuras criminales regionales y transnacionales, y actores políticos radicalizados saben que ya no basta usar armas, explosivos y la violencia para ganar territorio. Hoy, la batalla también es por el control de la percepción pública.

Las cifras recientes son claras. En lo corrido de 2025, el sistema de transporte MÍO ha sufrido más de 110 actos vandálicos. Solo entre febrero y marzo, 34 buses fueron atacados. Además, más de 6500 metros de cable han sido robados, dejando barrios enteros sin luz. Monumentos como el Puente Ortiz y el Túnel Mundialista han sido vandalizados repetidamente. Los daños superan los $ 5000 millones de pesos. ¿Es esto simple caos, o hay detrás una ofensiva organizada?

La respuesta de las autoridades ha sido marcadamente reactiva: discursos que no logran conectar con la ciudadanía, recompensas ineficaces y operativos que, lejos de ofrecer soluciones estructurales, apenas contienen los síntomas sin abordar las causas profundas. Esta ambigüedad ha sido el mejor aliado de quienes buscan imponer un relato alternativo que se difunde a través de redes sociales, emisoras ligadas a grupos ilegales, medios alternativos e influencers. Un relato que no solo desafía y deslegitimiza el discurso oficial, sino que al reducirlo a una lógica polarizante de ‘ellos contra nosotros’, convierte a un sector como el enemigo.

Desde esa dicotomía, se justifican bloqueos, asonadas y ataques a la infraestructura como acciones válidas de resistencia. Si bien Cali ha sido históricamente un escenario de tensiones sociales y sufre de una crónica debilidad institucional, la narrativa insurgente no se limita a disputar el control de estos espacios, sino también el terreno simbólico. Allí busca imponerse, ocupando el vacío emocional en un amplio sector de la población que se percibe huérfana de referentes, desprovista de sentido de pertenencia y de propósito colectivo.

En ese vacío, la narrativa insurgente ofrece un relato cargado de emoción que conecta desde el agravio con quienes se sienten excluidos, silenciados o traicionados por el sistema institucional. Así, la narrativa insurgente gana espacio allí donde el discurso institucional ha fracasado o ha sido desplazado mediante el miedo, desinformación o la amedrentación. Es ahí en el imaginario colectivo, donde lo simbólico se convierte en una herramienta de poder tanto o más efectiva que la violencia física.

Cali necesita construir un relato que devuelva confianza y ofrezca esperanza y neutralice la narrativa insurgente. Cali ha resistido antes, y puede hacerlo de nuevo. Tiene memoria, talento y una ciudadanía que no ha renunciado del todo a creer. Porque si Cali recupera su narrativa, no solo se levanta una ciudad, se reafirma una democracia.

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