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Máximas del mínimo

Desempleo, en la medida en que los patrones, gerentes o empresarios inmediatamente procederán a disminuir los puestos de trabajo...

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Benjamín Barney Caldas.
Benjamín Barney Caldas. | Foto: El País

26 de feb de 2026, 03:05 a. m.

Actualizado el 26 de feb de 2026, 03:05 a. m.

Por supuesto que hay que subir el salario mínimo para así contribuir a disminuir la pobreza en el país, con independencia de que ahora no sea tan bajo como lo es en Cuba y Venezuela; pero pretender subirlo mucho en apenas un año acarrea no pocas y graves consecuencias a tener en cuenta, las que son derivadas directamente de dicha subida. El caso es que, si de un año al siguiente el salario mínimo se sube de manera exagerada, es ineludible que se origine más desempleo, más trabajos informales, más ilegalidad y mucha más corrupción.

Desempleo, en la medida en que los patrones, gerentes o empresarios inmediatamente procederán a disminuir los puestos de trabajo, o los reemplazarán con máquinas, especialmente cuando se trata de actividades que son repetitivas. En consecuencia, esa parte de la población activa del país que se encuentra en edad, condiciones y disposición de trabajar, pero desempleada, se aumentará aún más, ya que entonces se verá forzada a derivar hacia toda clase de trabajos informales, la delincuencia común, el narcotráfico o la subversión.

Trabajos informales generarán bajos ingresos y alta vulnerabilidad económica y social, los que pueden comprender diversas actividades económicas, las que entonces pasarán a funcionar sin empleados regulados, sin contratos formales, sin prestaciones sociales y sin cobertura de seguridad social. También aumentaría mucho más el género más común del trabajo informal, como justamente lo conforman los trabajadores individuales de la calle (vendedores, recicladores), los que siempre han trabajado por cuenta y riesgo propios.

Ilegalidad en tanto que todos esos trabajos informales mencionados constituyen cada uno de ellos, en distintos momentos, de diversas maneras y en diferentes proporciones, una acción, conducta o norma que contraviene, incumple o no está autorizada por el ordenamiento jurídico vigente en el país, abarcando infracciones, delitos o actos administrativos nulos. Ilegalidad cuya particularidad más preocupante es que inevitablemente lleva a la corrupción, generando de rebote muchas más transgresiones a dichas normas, conductas y acciones.

Corrupción extendida a todos los niveles, en tanto el uso del poder por parte de los empresarios, gerentes o patrones, por una parte, para evitar la gestión legal de sus empleados y no subirles su salario; y los trabajadores que lo aceptan pasan a ser también corruptos, como igualmente los funcionarios públicos encargados del control de las empresas. Y al respecto hay que considerar que la corrupción generalizada probablemente sea el más grave problema del país, en la medida en que siempre contribuye, de una u otra manera, a todos los demás.

Respecto al salario mínimo, el procedimiento más adecuado posiblemente sería que, al mismo tiempo que se sube prudentemente año tras año, se generarán nuevos empleo, y mucha más y mejor educación, junto con un pertinente adiestramiento laboral, ya sea para diversos tipos de servicios o, especialmente, para muchos diferentes trabajos de tipo artesanal. Trabajos estos últimos que implican imaginación, creatividad, destreza y razonamiento para su ejecución manual, por lo que no puede ser reemplazado fácilmente solo usando más máquinas.

Habilidades artesanales que son, precisamente, las que usualmente se requieren en todas las obras de la arquitectura regenerativa, arquitectura esta que se basa en reutilizar todo lo que se encuentra ya construido en el lote, y reforzarlo, modificarlo, ampliarlo y mejorarlo para destinarlo a un nuevo uso, en lugar de demolerlo (ignorando lo ya invertido allí en capital, mano de obra y materiales), por lo que suelen ser intervenciones más económicas y que por consiguiente podrían pagar un poco mejor a sus no pocos trabajadores artesanales.

Arquitecto de la Universidad de los Andes con maestría en historia de la Universidad del Valle. Ha sido docente en Cali en Univalle, la San Buenaventura y la Javeriana, y en el Taller Internacional de Cartagena, de los Andes, y continua siéndolo en la Escuela de arquitectura y diseño, Isthmus, en Panamá. Miembro de la Sociedad Colombiana de Arquitectos, la Sociedad de Mejoras Públicas de Cali y la Fundación Salmona. Escribe en El País desde 1998.

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