Columnistas
Inventos y descubrimientos
Las sociedades avanzan en la medida en que se desarrolle la inventiva y se cultive el talento.
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24 de may de 2026, 11:42 p. m.
Actualizado el 24 de may de 2026, 11:42 p. m.
Ha vuelto a circular por las redes sociales una lista preparada por una conocida revista norteamericana de mecánica, sobre los grandes inventos que han cambiado el mundo. La gracia de estos ejercicios reside precisamente en su carácter subjetivo: cada uno puede armar la suya propia.
El panel convocado por la revista (conformado por inventores, diseñadores, gurús de la tecnología y hasta un astronauta) escogió como los cinco inventos más importantes los siguientes: el teléfono celular en primer lugar, lo cual no sorprende; el móvil pasó de novedad a necesidad en menos de tres décadas.
En segundo lugar, la radio, gran democratizadora de la información, que llevó noticias, música, diversión y entretenimiento a millones de personas en todo el mundo. En tercer término, la televisión, que transformó de manera radical las costumbres familiares y las reglas sociales.
En cuarto lugar, un objeto modesto, responsable de salvar más vidas que ningún otro invento: la aguja hipodérmica, sin la cual no habría vacunas masivas ni la medicina moderna como hoy la conocemos. Y por último, el computador, herramienta que reorganizó el trabajo, la ciencia y la diversión y de la que han salido el internet y la inteligencia artificial.
La libertad de armar la lista propia es uno de los pequeños placeres de estos ejercicios. En mi caso, los cinco inventos o descubrimientos que más admiro son otros. Mi número uno es la energía eléctrica: vivir un par de horas sin luz basta para entender la profundidad de su importancia y, sin ella, casi ninguno de los desarrollos que la revista especializada en mecánica mencionó sería posible.
Mi número dos es el velcro, idea de una sencillez genial que el ingeniero suizo George de Mestral concibió tras observar las semillas que se adherían al pelo de su perro durante una caminata por el bosque; lo usan niños, ancianos y astronautas por igual. En tercer lugar, pongo el cortaúñas, ese objeto que casi nadie nombra entre los grandes inventos y que, sin embargo, no falta en hogar alguno.
Mi número cuatro es el bolígrafo, idea del húngaro László Bíró hacia 1938, gracias al cual la humanidad escribe desde entonces sin manchas ni cuidados. Y cierra mi lista el ascensor: sin la invención de Elisha Otis y de su mecanismo de frenado de seguridad, no habría ciudades verticales, pues los rascacielos modernos son hijos directos suyos.
Lo que muestra cualquier ejercicio de este tipo es que el progreso humano proviene del trabajo de hombres y mujeres que se atrevieron a pensar distinto. Las sociedades avanzan en la medida en que se desarrolle la inventiva y se cultive el talento. Por eso resultan tan preocupantes los países que persiguen al investigador, al creador y al pensador independiente.
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Posdata. Vuelve a aparecer la tontería de que una mujer no puede llegar a la Presidencia de Colombia. He aquí un breve inventario: la directora de este diario es mujer; varias de las figuras más prominentes en los medios de comunicación son mujeres; la presidenta del grupo financiero más grande del país es mujer; científicas colombianas en la Nasa son mujeres. Vicepresidentas, ministras por decenas, gerentes de grandes compañías. Si la capacidad ya está sobradamente demostrada, lo que falta es elegir a la mejor preparada: sin asomo de duda, es Paloma Valencia.

Doctor en Jurisprudencia del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario. Abogado en ejercicio. Colaborador de EL PAÍS desde hace 15 años.
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