Columnista
La muerte de la hermana
La vida sería inclemente si no tuviera la muerte imprescindible en ese final incierto, pero cierto.
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3 de oct de 2025, 02:15 a. m.
Actualizado el 3 de oct de 2025, 02:15 a. m.
Margot fue mi hermana y acaba de morir. Aunque siempre recuerdo los versos de De Greiff en la Canción de Sergio Stepansky, “Que en el recodo de todo camino la vida me depare un ‘bel morir’, y una mujer de perfume calino, y el bel morir, el bel morir, el bel morir”, siempre nos sacude y estruja la muerte propia o ajena, cuando nos ligan sentimientos especialmente de amor. Es más, la vida sería inclemente si no tuviera la muerte imprescindible en ese final incierto, pero cierto.
Fue mi compañerita en el despertar de la vida. Un día, en un pueblito de nácar en el que la estación del tren distaba seis kilómetros, ella disgustó con nuestra tía y yo alisté mi caballito de palo con la cabeza de cuero del equino. Y le dije: Nos vamos. Y partimos por el camino quebrado de la cordillera, donde nos alcanzó la tía y volvimos a casa.
Ella fue pintora como pocas hay, alegre y festiva. Casó con un señor Irurita y tres hijos nacieron que estuvieron con ella siempre, siguiendo sus huellas altruistas y su ingenio creador. Tuvo finalmente una caída y su cabeza se llenó de la muerte que dejaba su rastro ineludible.
Ayer le escribí el poema que anexo a estas notas transidas de dolor.
Hermana que te vas...
Fuimos dos chiquillos. Lo recuerdo. / Anduvimos el aire en el ensueño / y sentimos la vida entre quimeras / que edificaban grutas y misterios. /
Estuviste a mi lado, siempre juntos, / y a veces montamos el caballito de palo / con su cabeza corta de cuero carmesí. /
No hubo mañana ni tarde en que no estuvieras / con voz de golondrina, animando mi ruta. / Y de la niñez pasamos al endriago de la vida. / Cada cual en su ruta, sin que la mía no fuera la tuya. /
Ah la hermana de tan dulces recuerdos / y de la cercanía impoluta de lo puro. / La vida nos fue separando. /
Y aunque siempre te veía como una niña, los años / te alejaron de tu pincel de artista / que evaporaba la fantasía / y creaba un cuadro de cálidos fulgores. /
Fuiste mi Margot y yo tu Armando, / como Alejandro Dumas / y nuestro padre lo sintieron. / Ahora te vas, hermana, / por caminos azules. / Y una lágrima acude a mi nostalgia. /
Hermana te dejo estos versos, que son / como la nube que habrá de acompañarte / en el destino de ese paraíso que fuiste labrando / con tus manos de seda y tus delirios de ángel.
La dejamos en la tierra y confirmé entonces / que la tierra es el alma que recibe la muerte / y da curso a la vida y la transforma. /
Y que los sueños, que elevan la existencia, / se tornan realidad en ese mismo paraíso / donde la tristeza ha dejado de existir.
Pero para nosotros los mortales, / solo queda un recuerdo que alimenta; / y un espacio que mantiene este amor tan fuerte y verdadero.
¿Cuánto queda de vida para los que servimos su nostalgia, o para los que aplican su dominio brutal sobre la muerte? Nadie lo sabe. Hoy estamos vivos y mañana nos vamos, sin maleta ni nada. Más lo cierto es que ninguno de nosotros podría resistir, como el Judío Errante, que tampoco pudo, la condena de no morir jamás.

ha desempeñado puestos públicos como juez del Circuito, Conjuez del Tribunal de Cali, Secretario de Gobierno de Cali y alcalde encargado, embajador de Colombia en Polonia y en la ONU. Ha sido delegado a varias conferencias internacionales como la OIT en Ginebra
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