Columnistas
Colombia eligió: el fin del interregno
“El viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer, y en ese claroscuro surgen los monstruos.” — Antonio Gramsci
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25 de jun de 2026, 02:34 a. m.
Actualizado el 25 de jun de 2026, 02:35 a. m.
En 1927, Fritz Lang imaginó una ciudad partida en dos: arriba, las élites que diseñan el futuro; abajo, los obreros que lo sostienen sin entenderlo. Para mantener el orden, esas élites fabrican un robot con apariencia de María, una figura ‘revolucionaria’ que sirve para canalizar —y finalmente traicionar— el descontento de quienes viven en las profundidades. Lang llamó a ese período de tensión irresuelta el interregno de la máquina: el tiempo en que nadie gobierna verdaderamente porque el poder ha perdido su legitimidad pero aún no la ha cedido. Casi un siglo después, Colombia acaba de salir de uno propio.
Antonio Gramsci, el teórico marxista que la izquierda latinoamericana reverencia como padre intelectual, advirtió que en ese claroscuro entre un orden que muere y otro que tarda en nacer surgen los monstruos. Colombia tuvo el suyo. Se llamó Gustavo Petro: no el redentor que prometió ser, sino la encarnación más precisa de aquello contra lo que decía combatir —el autoritarismo, el clientelismo y la manipulación ideológica del dolor ajeno. La paradoja es devastadora: el discípulo traicionó al maestro, y fue precisamente la herramienta analítica de Gramsci la que permite diagnosticar con mayor precisión su fracaso.
Abelardo de la Espriella ganó la segunda vuelta presidencial del 21 de junio frente al senador Iván Cepeda. El margen fue estrecho; el mandato, inequívoco. Cepeda reconoció el resultado, el Pacto Histórico retiró sus impugnaciones, y la democracia colombiana —sometida a presiones de inusitada intensidad— demostró que sus instituciones aún son capaces de procesar el conflicto político sin sucumbir a él. No es un logro menor en un continente donde el autoritarismo ha aprendido a vestirse con las ropas del sufragio. Petro, fiel a su guion hasta el final, acusó al Estado de Israel de manipular el software electoral —el último recurso de quien confunde la derrota con la conspiración y la voluntad popular con la injerencia extranjera.
La señal más elocuente del nuevo rumbo llegó horas después de confirmado el resultado. De la Espriella sostuvo una conversación telefónica con el canciller israelí Gideon Sa’ar, quien lo felicitó por su victoria y confirmó el interés mutuo de reconstruir los vínculos diplomáticos. Sa’ar describió al presidente electo como un verdadero amigo del pueblo judío y del Estado de Israel; De la Espriella respondió con una promesa de alcance histórico: Colombia restaurará y fortalecerá esa relación como nunca antes. El primer ministro Benjamin Netanyahu se sumó con una frase que resumió en pocas palabras la lectura geopolítica del momento: “Los amigos de Israel siguen ganando.”
Esta llamada no es un gesto protocolario. Es la liquidación simbólica de una política exterior que llevó a Colombia a romper relaciones con Israel, expulsar su delegación diplomática y alinearse con los regímenes de Teherán y Beijing como ejes de referencia. La nueva agenda diplomática, articulada sobre confianza política, cooperación estratégica y defensa de la democracia, representa el retorno de Colombia al orden de las naciones libres —ese orden que el petrismo desdeñó con una mezcla de ideologismo tercermundista y cálculo clientelar.
El equipo que acompañará este giro no es circunstancial. José Manuel Restrepo, vicepresidente electo, economista formado en el Rosario y en la London School of Economics, exministro de Hacienda y rector universitario de trayectoria impecable, será el gran articulador tecnocrático del nuevo gobierno: interlocutor ante inversionistas, organismos multilaterales y cancillerías, y arquitecto de la disciplina fiscal que el país reclama con urgencia. Para Justicia suena con fuerza Wilson Ruiz Orejuela, quien ya ocupó esa cartera con solvencia durante el gobierno Duque. Mauricio Gómez Amín, constructor de puentes entre sectores políticos, se perfila para una cartera ejecutiva central. Rodrigo Lara, Jaime Andrés Beltrán y Paloma Valencia completan un elenco que el propio presidente electo ha descrito sin eufemismos: no habrá en su gobierno “gallos de corral” ni figuras decorativas, sino —retomando su propia imagen— puros tigres de bengala.
El interregno colombiano ha concluido. Como en la Metrópolis de Lang, el robot fue desactivado, la impostura quedó al descubierto y la ciudad debe ahora reconstruirse sobre fundamentos reales. Gobernar no será fácil: la estrechez del margen electoral obliga a la búsqueda de consensos, y la corrupción endémica, la inseguridad y la desconfianza institucional no se disuelven con un cambio de administración. Pero las condiciones de partida son radicalmente distintas a las de 2022. Colombia regresa al concierto occidental con socios dispuestos a acompañar su reconstrucción, con una diplomacia restaurada y con un equipo de gobierno que comprende que el poder no es un instrumento de redención ideológica sino una responsabilidad técnica y moral frente a los ciudadanos.
El corazón que invocaba Lang —la mediación honesta entre quienes deciden y quienes sostienen el país— sigue siendo lo que más le falta a la política colombiana. Pero por primera vez en cuatro años, hay razones fundadas para creer que quienes van a gobernar saben que ese corazón no se decreta desde el poder: se construye con instituciones, con resultados y con la sobriedad de quien entiende que el mandato popular no es un cheque en blanco.
El interregno terminó el domingo. La reconstrucción empieza el lunes.
@rosenthaaldavid
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