Columnistas
Discernimiento
Poder distinguir algo de otra cosa, señalando la diferencia que hay entre ellas, es entonces justamente lo pertinente para entender la diferencia entre abstenerse y votar en blanco
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25 de jun de 2026, 02:41 a. m.
Actualizado el 25 de jun de 2026, 02:41 a. m.
En el muy interesante y pertinente libro de Javier Cercas, El loco de Dios en el fin del mundo, 2025, la palabra ‘discernimiento’ adquiere un significado crucial debido a que su tema no es apenas el viaje del Papa Francisco a Mongolia, sino la Iglesia Católica, el cristianismo y, en últimas, las religiones; y además es un libro novedoso considerando que en él se combina la novela (sin ficción) el ensayo, la biografía y la autobiografía. Discernimiento, como lo define Wikipedia, es la capacidad humana o espiritual para juzgar, comprender y distinguir las diferencias entre varias opciones, situaciones o conceptos; implica separar lo bueno de lo malo, lo verdadero de lo falso, y evaluar el origen y las implicaciones de las decisiones de los seres humanos.
Por eso el discernimiento es, precisamente, lo más indicado para analizar correctamente el resultado de las últimas elecciones presidenciales en Colombia, en las que de nuevo se manifestó la polarización y que, lamentablemente, no aumentó el voto en blanco, el que haya disminuido la abstención, a bastante menos de la mitad, permite pensar que la participación de los ciudadanos en la política de su país ya está comenzando a cambiar. Que cada vez más ciudadanos están comenzando a privilegiar aquello que tiene cualidades positivas y es útil, además de que concuerde con la verdad, la realidad y los hechos comprobables; evaluando así las diferentes situaciones, juzgando con claridad y prudencia, y separando lo esencial de lo meramente accesorio.
Poder distinguir algo de otra cosa, señalando la diferencia que hay entre ellas, es entonces justamente lo pertinente para entender la diferencia entre abstenerse y votar en blanco, o sea manifestar la diferencia entre una cosa y otra con la cual se pueda confundir. Mientras que abstenerse es no participar en algo a lo que se tiene derecho, por ejemplo, en una votación, como lo define el DLE, votar en blanco en Colombia es, como lo especifica claramente la Registraduría Nacional del Estado Civil: “… una expresión de inconformidad o disentimiento político… Si esta opción obtiene la mayoría absoluta en elecciones de cargos uninominales (como alcaldías o gobernaciones), la ley exige repetir los comicios con distintos candidatos.”
De ahí el insistir en el voto por orden de preferencia, y las consultas que hubo en estas elecciones son un paso en ese sentido; como ya se dijo en esta columna (Elegir la democracia, 23/06/2021) el también llamado voto ranqueado, o voto preferencial, es un sistema en el que los votantes ordenan o ranquean a sus candidatos u opciones en una secuencia 1º, 2º, 3º, de mayor a menor preferencia, en vez de simplemente votar por uno, como lo define Wikipedia. Es decir, que a los candidatos que obtengan mayor votación y estén casi empatados, se les suma la votación que lograron como segunda o tercera preferencia y dejarán de estarlo, y así ganará el que ha sido considerado por más votantes, ya sea como 1ª, 2ª o 3ª opción, o sea el que les llega más a más personas.
Y, como también ya se propuso aquí (¿Pensando o soñando? 14/06/2018) lo más conveniente sería instituir un sistema parlamentario y unicameral, que designe Primer Ministro, y conformado con muchos menos miembros, que estos sean rotados, y la mitad elegidos y la otra mitad representantes de los gremios y las universidades; y lo mismo Asambleas y Concejos. Dividir el país en sus diferentes regiones, con departamentos pequeños alrededor de las ciudades grandes, y dotarlas de un área metropolitana planificada a largo plazo económica, urbana y arquitectónicamente, y con centralidades peatonales; regiones y ciudades en los que sus habitantes se los ha educado para que puedan discernir antes de decidir, y no apenas en las elecciones.

Arquitecto de la Universidad de los Andes con maestría en historia de la Universidad del Valle. Ha sido docente en Cali en Univalle, la San Buenaventura y la Javeriana, y en el Taller Internacional de Cartagena, de los Andes, y continua siéndolo en la Escuela de arquitectura y diseño, Isthmus, en Panamá. Miembro de la Sociedad Colombiana de Arquitectos, la Sociedad de Mejoras Públicas de Cali y la Fundación Salmona. Escribe en El País desde 1998.
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