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Cali, mirá, vé
Uno puede leer sobre la salsa, sobre el Pacífico que desemboca en sus calles, sobre la calidez de su gente. Pero nada de eso prepara para el momento en que la ciudad decide adoptarte.
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25 de ene de 2026, 01:20 a. m.
Actualizado el 25 de ene de 2026, 01:20 a. m.
A punto de cumplir siete meses de inmersión profunda dentro de la cultura caleña y vallecaucana, admito que la ciudad me ha cautivado.
Un fin de semana, andando por el barrio San Antonio, me topé con un lugar llamado La Pócima.
Allí, pedí un canelazo y, en un momento de inspiración, me surgieron las siguientes líneas:
Mirá, vé
El río desbordado
Salsa eterna
Paredes retumban
Las caderas se juntan
El disco del melómano gira y gira y gira
Cuidado, no te caigas
Mirá, vé
Ritmo y sudor, ritmo y sabor
Viche, bongo y pipilongo
Busquen la lulada
Agua e’ lulo los domingos
Agua e’ panela pa’l guayabo
Mirá, vé
Aplaude
Sacúdete
Jairo en la Topa, vibrando
¡Que viva la música!, dijo Andrés
Mirá, vé
Sancocho espeso,
Pacífico caleño con pasto, paisa y rolo
Una vaina bien
More viche, por favor
Oiga, mire, vea
Con la punta ‘el pie
Vamo’ a decilo otra ve’
Cali, mirá, vé
Hay ciudades que se estudian y ciudades que se sienten. Cali pertenece a la segunda categoría.
Uno puede leer sobre la salsa, sobre el Pacífico que desemboca en sus calles, sobre la calidez de su gente. Pero nada de eso prepara para el momento en que la ciudad decide adoptarte.
A casi siete meses de haber llegado, ya no me siento visitante. Tampoco me atrevo a llamarme caleño. Soy, quizás, lo que el canelazo permite: alguien que vino de afuera y se quedó adentro.
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