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Cali: el fin de la diplomacia de consignas
Todo apunta a un realineamiento con Occidente que no es sumisión, como dirán los de siempre, sino sentido común geopolítico.
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6 de ago de 2026, 02:22 a. m.
Actualizado el 6 de ago de 2026, 02:22 a. m.
Colombia no solo cambia de presidente el 7 de agosto. Cambia de lugar en el mapa. Durante años, la política exterior del país se leyó desde Caracas, La Habana y, en su versión más reciente, desde Teherán y Pekín. Esa lectura tiene sus intelectuales orgánicos: analistas como Alfredo Jalife-Rame, que durante décadas han vendido en América Latina el mismo producto bajo etiquetas distintas —’multipolaridad’, ‘descolonización’, ‘soberanía’— para justificar, en el fondo, el realineamiento con Moscú, Pekín y Teherán. No es geopolítica. Es propaganda con vocabulario de cátedra.
Ese modelo se agotó. La designación de Ómar Bula Escobar como canciller es la prueba. No es un ideólogo de sobremesa ni un tuitero con mapa del mundo alternativo. Es un diplomático de carrera con veinte años en Naciones Unidas, con experiencia real en Sudán, Irak, Etiopía, Panamá, Brasil: los lugares donde la geopolítica no se discute, se sufre. Bula representa exactamente lo contrario del intelectual de café que explica el mundo sin haber administrado nunca una crisis. Su perfil técnico, políglota y multilateral es un mensaje explícito: Colombia vuelve a hacer diplomacia con Estado, no con relato.
Que la posesión se traslade a Cali —la primera vez en la historia republicana que ocurre fuera de Bogotá— confirma el tamaño del quiebre. No es solo geografía doméstica. Es una declaración de que el nuevo gobierno no piensa gobernar desde el relato ideológico que empobreció al país durante el gobierno de Petro, sino desde la gestión territorial y la reconstrucción de alianzas serias.
Petro deja una política exterior que confundió principios con caprichos. Rompió con Israel, coqueteó con el eje Teherán-Moscú-Pekín, y trató la Ruta de la Seda como si fuera un gesto de dignidad histórica en lugar de una trampa de dependencia. Ese guion —el mismo que repiten Jalife y compañía en cada columna sobre “el fin de la hegemonía occidental”— nunca produjo inversión, ni seguridad, ni respeto internacional. Produjo aislamiento con estética revolucionaria.
Lo que viene es distinto. La asistencia confirmada del canciller israelí Gideon Sa’ar a la posesión, el compromiso anunciado de retirar a Colombia de la Ruta de la Seda, la reconstrucción de la relación con Washington: todo apunta a un realineamiento con Occidente que no es sumisión, como dirán los de siempre, sino sentido común geopolítico. Colombia no gana nada apostándole a potencias que no le devuelven inversión, ni mercado, ni seguridad jurídica. Se lo dijo la experiencia de estos años, no una teoría.
Los Jalife de siempre volverán a hablar de “recolonización” y “vasallaje”. Es su libreto de siempre, aplicable a cualquier país que decida alinearse con Occidente. Pero ese discurso ya fue juzgado en las urnas: 12,9 millones de votos eligieron otra cosa. La geopolítica seria no se hace citando a Rusia Today ni improvisando teorías sobre un ‘mundo multipolar’ que en la práctica solo sirve a los intereses de Moscú y Pekín. Se hace con diplomáticos como Bula, que conocen la diferencia entre un principio y una consigna.
Cali será, entonces, más que un escenario. Será la primera señal de que Colombia vuelve a pensar su lugar en el mundo desde la seriedad institucional y no desde el resentimiento ideológico. Las expectativas son altas: recomponer con Israel, estabilizar con Washington, recuperar la confianza de los inversionistas que huyeron durante el interregno petrista.
Las naciones no cambian de bando por consigna. Cambian cuando entienden que la retórica antioccidental tiene un costo, y que ese costo lo paga la gente, no los analistas que la promueven desde un plató de televisión. Ese es el aprendizaje que Colombia empieza a capitalizar este viernes.
@rosenthaaldavid







