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Transmisión del poder

En un país donde es tan grande la desconfianza en las relaciones humanas ayuda mucho ver que dos contradictores en el más alto nivel no son ajenos a los gestos más elementales de la convivencia ciudadana.

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Fernando Cepeda Ulloa
Fernando Cepeda Ulloa | Foto: El País.

18 de jul de 2026, 12:29 a. m.

Actualizado el 18 de jul de 2026, 12:29 a. m.

Quizás el acto solemne más rutinario en nuestra vida política, es el de la transmisión del mando, cuando un nuevo presidente accede al ejercicio del poder. Existen ritos mayores y menores a este respecto en diferentes partes del mundo. Entre nosotros ha sido un proceso tranquilo, sencillo, y hasta se podría decir que elegante. Y se entiende que no siempre el nuevo presidente goza de la admiración y el aprecio del saliente. Pero parte de esos ritos buscan superar ese tipo de situaciones y mostrarle a la ciudadanía que, el más alto nivel aún de antipatía, por decir lo menos, no implica una entrega del poder a un adversario rodeada de malas manitas. Se busca exactamente lo contrario, darle un ejemplo a la ciudadanía de elegancia, de buen trato, civilidad, de respeto a la Majestad de la Presidencia, en este caso encarnada en el presidente saliente y en el presidente entrante. Una lección importantísima que contribuye a civilizar las costumbres, a fortalecer la convivencia y a exaltar las buenas maneras y el buen trato y esto al más alto nivel y aún en las circunstancias más difíciles.

Es por ello muy deplorable que no esté ocurriendo así en Colombia en este momento. No recuerdo otra situación similar. Que no haya un gesto de simpatía entre el presidente que termina su periodo y el que lo va a iniciar es una pésima lección qué desborda hasta los principios más elementales de la urbanidad de Carreño (compendio ilustrado del manual de urbanidad y buenas maneras de Manuel Antonio Carreño, editado en París en 1895 y ahora en Colombia por Cuéllar editores).

Es que la vida política está plagada de ese tipo de situaciones, siendo, por supuesto, la de la transmisión del poder presidencial, una muy notoria. Pero en la vida de los partidos políticos, en el funcionamiento del Congreso, de las asambleas y los concejos, y en las transferencias de poder que ocurren con el cambio de ministros y de gerentes, de gobernadores y alcaldes, es una circunstancia que siempre da lugar, en el peor de los casos, a gestos mínimos de cordialidad.

Que no exista, no hablemos de un empalme entre el presidente en ejercicio y su reemplazo, sino simplemente la entrega de unas oficinas y de una residencia, un intercambio precario entre dos personalidades, ofrece una pésima lección de descortesía y me atrevería decir que de ausencia de convivencia a los ciudadanos de una República.

Nada se pierde con un gesto de esta naturaleza, y sí mucho daño se hace al omitir el más fugaz de los ritos, en una transmisión del más alto poder en una democracia. Es que ese mínimo gesto le dice mucho a cada ciudadano que en muy diversas circunstancias se ve colocado en situaciones similares, así sean de poca monta y no de tantas significación como la de la Presidencia de la República.

Son muy diversas las prácticas en los diferentes países. En algunos se realiza por ejemplo un almuerzo familiar. Y, en otros, las señoras hacen un recorrido de la residencia para así llamar la atención sobre sus ventajas y sus problemas. Y cuando situaciones de este estilo no ocurren, lo mínimo es el saludo en la puerta del palacio presidencial o de la residencia de los primeros ministros. Nadie pide ni exige que se abracen o que haya una extensa conversación o que haya una presentación de la señora y de la familia, pero el saludo no se le niega a nadie a no ser a un enemigo feroz. Se transmite un sentimiento de respeto y de buenas maneras, y además es una expresión que alimenta el civismo en toda la ciudadanía.

No hay indicios de que algo parecido, así sea muy precario, vaya a ocurrir en la próxima transmisión del mando. Deplorable. En un país donde es tan grande la desconfianza en las relaciones humanas ayuda mucho ver que dos contradictores en el más alto nivel no son ajenos a los gestos más elementales de la convivencia ciudadana.

Muy estimulante en una sociedad donde el desacuerdo puede llevar a la intolerancia, la intolerancia a la violencia, y esta a una inseguridad que, en ocasiones, ha hecho invivible la República. No es para tanto, no es tan imposible realizar un gesto de esa naturaleza, y sí son muy positivos los impactos de actitudes semejantes. Hace mucha falta entre nosotros.

Lo cortés, no quita lo valiente. La moderación es una característica esencial de la vida democrática, y las buenas maneras son una principalísima expresión de esa virtud.

Experto en Ciencias Políticas, profesor y diplomático. Estuvo vinculado a la Universidad de los Andes por 23 años, durante los cuales enseñó Ciencia Política y ocupó varios cargos como Rector Encargado, Vicerrector y Decano de Ciencias Políticas, entre otros. Se ha desempeñado como Embajador en Canadá, Representante Permanente de Colombia ante las Naciones Unidas, Embajador en Inglaterra, Ministro Plenipotenciario en Washington y encargado de Negocios. Fernando Cepeda Ulloa ha sido Ministro de Gobierno, de Comunicaciones, Consejero Presidencial y Viceministro de Desarrollo Económico.

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