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Momentos cruciales

La ley del más fuerte y la impunidad altera la escala de valores de las poblaciones y la confianza en la justicia.

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Helena Palacios
Helena Palacios | Foto: El País

15 de ene de 2026, 04:13 p. m.

Actualizado el 15 de ene de 2026, 04:13 p. m.

Estamos presenciando el colapso de la legalidad internacional y del orden mundial que nos brindaba la ilusión de estabilidad. Vemos a diario el abandono e irrespeto de las reglas y, en su lugar, la práctica de medidas unilaterales coercitivas por parte de líderes de naciones que parecieran haberle dado vuelta al tablero, confundiendo fichas y partidas en un nuevo juego por fuera de un marco jurídico común y organizado.

No de otro modo se percibe la actualidad cuando se agota la diplomacia y el derecho, imponiéndose las narrativas de confrontación y escenarios de guerras bajo la lógica de disuadir o dominar por la fuerza o mediante amenazas de gobernantes que van tras tierras, riquezas y poder. En esas están Rusia, Israel, China, Venezuela y Estados Unidos, este último con Donald Trump a la cabeza, con cuya cinematográfica sustracción del dictador Nicolás Maduro habría ganado terreno en momentos en que le compiten las otras dos potencias mundiales.

La ley del más fuerte y la impunidad altera la escala de valores de las poblaciones y la confianza en la justicia. A ello se llega cuando reina el desconcierto ante el hecho de que los organismos internacionales de las naciones y de la Justicia no ofrecen garantías reales para sancionar crímenes de lesa humanidad, ni para impedir que se perpetúen tiranías que han acabado con las libertades y la democracia en sus países, como sucede en los vecinos Venezuela, Cuba y Nicaragua.

Contribuye al descuadre del orden mundial el decidido respaldo mediático que reciben los líderes populistas y mandatarios autoritarios desde las filas de su fanaticada y alfiles, presentándolo como el salvador y atizando emociones negativas contra todo lo que estorbe a su proyecto político, hasta maniobrar para hacer nugatorias decisiones del Congreso o de autoridades judiciales. La indiferencia y pasividad de buena parte del resto del mundo, que escoge no participar en política y dejar pasar sin intervenir desde sus derechos ciudadanos, convalida el proceder y desafueros de unos y otros.

Los autócratas y opresores se sostienen en el poder durante décadas, no solo gracias a los recursos financieros y fuerzas militares a su alcance como gobernantes, ni por la debilidad o pecados de sus opositores, sino también por el generoso aval que les ofrece su entorno o el vecindario. Es el caso de quiénes, como Gustavo Petro, escamotearon la realidad del actuar de Nicolás Maduro y su régimen, al no condenar las violaciones a los derechos humanos o la connivencia con grupos ilegales enemigos de Colombia, ni reconocer el triunfo de Edmundo González en las elecciones presidenciales, posiciones que no se justifican por solidaridad o afinidad ideológica ni por intereses comunes no del todo conocidos.

Del episodio con dicho dictador resulta curioso que, cuando éste cae de su pedestal por la fuerza, reculan los personajes que hasta entonces eran sus mejores amigos, para tomar pronta distancia de él y pasar a congraciarse con el matón del barrio.

Hay tantas o más responsabilidades compartidas en el surgimiento de un Maduro o un Trump, o los Ayatolás, Ortegas, Castros o Chávez, sin que nadie haga nada, hasta que un buen día vienen ‘A por lo suyo’ las potencias, E.U, Rusia o China del modo más conveniente a sus intereses, haciéndonos sentir que se mueve el centro de gravedad y que vivimos momentos cruciales de la historia.

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