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Llegó La Inmaculada
¿Qué hacer entonces para recuperar el centro de Cali de las garras de estas bandas que todo lo que tocan lo vuelven maldito?
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17 de mar de 2026, 02:25 a. m.
Actualizado el 17 de mar de 2026, 02:25 a. m.
Un informe periodístico publicado por El País de Cali, que se puede leer en su página web, da cuenta de la llegada a nuestra ciudad de la banda La Inmaculada, procedente de Tuluá, donde se impuso a sangre y bala para controlar hace unos años el microtráfico, la extorsión e incluso infiltrar las entidades públicas, desatando una oleada de asesinatos en esa ciudad.
Lo mismo estaría ocurriendo ya en Cali, donde las cifras de homicidios están superando a esta altura a las del año pasado. Basta darse una pasada a pie por el sector de La Retreta y el puente de los bomberos en el CAM, una zona muy bonita para pasear, arborizada y con zonas verdes muy cuidadas, arrullada por las aguas del río Cali, el solo caminar por allí da para recibir las miradas escrutadoras y las preguntas de las personas que venden y consumen drogas en el sector. Ellos son los dueños y no son solo habitantes de calle, allí se ven hombres y mujeres con trajes de oficina y jóvenes con ropa de marca consumiendo estupefacientes a plena luz del día, a la hora del almuerzo o en las tardes cuando se cumple la jornada laboral. Por el control de este territorio, que va paralelo al río Cali desde la Calle Quinta hasta la Clínica de Los Remedios, se estaría librando una guerra entre bandas y los ciudadanos de a pie estamos metidos en medio de ella.
La aparición de una cabeza humana empacada en una maleta, justo frente a la Alcaldía, en el Parque de las Piedras, es la prueba de ello y de los métodos para generar terror que utilizan los contrincantes de esta batalla por quedarse con un mercado millonario de microtráfico.
Desde hace años, la ribera del río Cali concentra una gran población de habitantes de calle, el principal mercado de los narcotraficantes; en ese sector se bañan, duermen y consumen cientos de personas que, para sostener el vicio, recolectan materiales reciclables, cuidan carros, piden monedas, cantan en los buses o roban lo que puedan del mobiliario urbano: tapas, canecas, cualquier cosa que tenga metal y que puedan vender.
Las autoridades impotentes no pueden hacer mayor cosa; patrullas de la policía recorren el sector, pero no detienen a los vendedores porque son simples jíbaros a los que un fiscal tendrá que darles libertad casi de inmediato ante la falta de pruebas, la insuficiencia de ellas o las leyes de ‘dosis personal’ que los protegen. Tampoco se puede cerrar el lugar e impedir el paso por allí. ¿Qué hacer entonces para recuperar el centro de Cali de las garras de estas bandas que todo lo que tocan lo vuelven maldito?
Es clave la inversión en seguridad electrónica, cámaras con reconocimiento facial, poner la tecnología al servicio de la justicia, más recursos para que la policía pueda destinar mayor cantidad de gente a la vigilancia del sector. Apropiarse del terreno, es decir, organizar eventos masivos allí, darle mayor circulación a una zona por la que pocos se atreven a pasar, y todo esto sucede justo entre la Alcaldía y el comando de la Policía Metropolitana.
Cali está junto a la zona de cultivos de marihuana más grande del país, producto reconocido mundialmente por su calidad y alta concentración de tetrahidrocannabinol y también de hoja de coca de calidad premium por su alta dosis de alcaloides. Sumado a esto, el bazuco, la droga más dañina, un verdadero veneno, que consumen buena parte de los seis mil habitantes de calle que tiene Cali, es un mercado enorme para las mafias.
Se cumplieron 24 años del asesinato de monseñor Isaías Duarte Cancino, un hombre recio, valiente y firme contra la corrupción política y las mafias del narcotráfico. Su asesinato permanece sin esclarecerse, aunque los señalamientos más concretos van hacia el secretariado de las extintas Farc y a miembros del cartel del Norte del Valle como autores materiales e intelectuales de su muerte. ¿Qué pensaría, señor Isaías, qué diría de la situación actual? Paradójicamente, las cosas en 2002 eran mucho peores que las de hoy. Ese año Cali registró más de 2600 asesinatos.
Figuras como las de monseñor Isaías Duarte merecen todavía más reconocimiento; cuánta falta hacen en esta ciudad liderazgos como los suyos, que no se quede en el olvido.

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