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La salud se volvió un lujo

En solo tres años, el gasto de bolsillo en salud aumentó más de un 57 % en Colombia.

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Gabriel Velasco Ocampo
Gabriel Velasco Ocampo | Foto: El País

28 de may de 2026, 12:41 a. m.

Actualizado el 28 de may de 2026, 12:41 a. m.

Usted podía no tener recursos, vivir lejos, no tener grandes ingresos y aun así había algo que no dependía del bolsillo: si un hijo se enfermaba, si un abuelo necesitaba medicamentos, el sistema respondía. Con fallas, sí. Pero respondía. Eso se acabó. Y no se acabó en los discursos. Se está acabando en las farmacias, en las salas de espera, en el miedo silencioso de millones de familias. La salud se volvió un lujo.

Mientras el debate político gira entre reformas, ideologías y peleas entre el Gobierno y las EPS, los ciudadanos están viviendo otra realidad: cada vez tienen que sacar más plata de su propio bolsillo para sobrevivir. Cuando no entregan medicamentos, toca comprarlos. Cuando la cita se demora meses, toca pagar médico particular. Cuando el tratamiento no llega, toca endeudarse. Y cuando ya no alcanza, toca aguantar el dolor.

Eso tiene un nombre técnico: gasto de bolsillo. Pero detrás de ese término frío hay madres haciendo cuentas frente a una droguería, adultos mayores partiendo pastillas para que duren más días, pacientes haciendo rifas para pagar tratamientos que antes cubría el sistema. Eso no es una estadística. Es una vergüenza.

Y los números lo confirman: en solo tres años, el gasto de bolsillo en salud aumentó más de un 57 % en Colombia. En departamentos como Tolima, Guaviare o Arauca, las familias ya gastan en salud lo que la Organización Mundial de la Salud considera catastrófico. Es decir, enfermarse puede llevarlos a la ruina.

Una sociedad se fractura moralmente cuando la enfermedad deja de ser un problema médico y se convierte en un problema económico. Cuando la pregunta ya no es ¿cómo me curo?, sino ¿cómo pago? El sistema no está protegiendo a la gente: las EPS quebradas no entregan medicamentos, los hospitales no reciben pagos oportunos, las tutelas explotan, las filas crecen, las citas se aplazan. Y la carga silenciosamente termina cayendo sobre el bolsillo del ciudadano, sobre su angustia, sobre su miedo.

Colombia había logrado durante décadas reducir ese gasto directo y ampliar la cobertura. No era un sistema perfecto -ninguno lo es— pero protegía, y funcionaba mejor de lo que muchos hoy quieren admitir. Ahora caminamos hacia el escenario contrario: uno donde el acceso depende de la capacidad de pago, y eso destruye la esencia misma de la seguridad social.

La salud no puede ser un privilegio para quien tenga tarjeta de crédito, medicina prepagada o capacidad de endeudarse. Un país donde enfermarse puede quebrar a una familia es un país que está perdiendo mucho más que plata. Está perdiendo humanidad.

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