Columnista
La juma de Maqroll
El libro está bellamente ilustrado por Samuel Castaño Mesa y es en sí mismo una obra gráfica, con una sentencia final: “Los pasantes, sediento lector, quedan a su entero gusto”.
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26 de mar de 2026, 02:01 a. m.
Actualizado el 26 de mar de 2026, 02:01 a. m.
Acabo de culminar la lectura del libro ‘Jumma de Maqroll El Gaviero’, cuyo autor es Antonio García Ángel, uno de los escritores más promisorios hoy en Colombia, con un texto que llama al humor en cada página, homenaje de todos modos al poeta Álvaro Mutis.
El libro es un mester de licores, cócteles, brebajes etílicos que recorren las páginas de La Nieve del Almirante, Tríptico de Mar y Tierra, Abdul Bashur, Soñador de Navíos, La última escala del Tramp Steamer e Ilona llega con la lluvia, entre otros. El libro me remitió a otras libaciones y me recordó el tiempo en que, en compañía de un querido amigo, abogado y poeta de Puerto Rico, tomábamos el tren que nos dejaba de mañanita en Manhattan y empezábamos ahí un periplo por bares y restaurantes en busca del martini sucio más auténtico del Alphabet City.
El libro de García está escrito como un ensayo, y es al tiempo una guía para viajar por los laberintos de Maqroll en puertos como Port Said, Amberes, Barcelona, Helsinki, Kingston o Cartagena. En este último se da el encuentro con Alejandro Obregón, quien aparece en Aruba después de tomar un mercante.
Obregón era famoso en el grupo de La Cueva, porque agregaba vodka al sancocho y lo concebía también como una creación pictórica. La única vez que lo vi fue en la arena de La Serrezuela, la vieja plaza de toros de Cartagena, en abundante libación de Tres Esquinas, el ron blanco caribe, con ocasión del Festival de Música del Caribe.
En Jumma de Maqroll El Gaviero, uno se entera de que el whiskey es un licor más social, y el vodka es más personal; llama a reflexiones introspectivas. García anota que Mutis siempre quiso hacer lo que llamó “El Decálogo del Buen Bebedor”, en compañía de Arnulfo Julio, un costeño al que nombró ‘secretario’. Este decálogo, que no llegó a su décima sentencia, incluye: “No beber solo, no beber antes de la una y media de la tarde, no beber con desconocidos, no beber en momentos de angustia sentimental, no beber tragos desconocidos o ensayar nuevos, conservar la naturaleza de lo que bebes; no mezclar venenos distintos, nunca invitar a un trago sino a unos tragos y algo fundamental: jamás emborracharse…”
El libro está bellamente ilustrado por Samuel Castaño Mesa y es en sí mismo una obra gráfica, con una sentencia final: “Los pasantes, sediento lector, quedan a su entero gusto”.
Recordé a Ekaterina, una Ilona verdadera a la que conocí en Nueva York. Era croata y solía beber el licor más fuerte que he probado en mi vida: slivovica, aguardiente de ciruelas muy popular también en Serbia y Bulgaria. Su nivel de alcohol puede llegar a los 70 grados. Se cree que la primera vez que fue elaborado con un puré de ciruelas fermentadas, fue en los Balcanes. Este licor apareció en medio de una charla cerca a Brighton Beach, al final de la correría del tren que va a Coney Island en casa de Phanor Terán Conde. Uno de los tertuliantes aseguró que perdió un avión en JFK después de escanciar dos tragos de este espirituoso. Solo puse mis labios en la copa y la dejé a un lado. Temí caer en un pozo de locura, mientras Ekaterina bebía slivovica como si estuviera sedienta.
En el libro de García Ángel noté que Maqroll fue más bien un bebedor social, porque nunca se atrevió con la absenta, el bruichladdich, el spirytus de Polonia, el everclear (95 % de alcohol) o el slivovica, de grata recordación.

Medardo Arias Satizábal, periodista, novelista, poeta. En 1982 recibió el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en la categoría Mejor Investigación. En tres ocasiones fue honrado con el Premio Alfonso Bonilla Aragón de la Alcaldía de Cali. Es Premio Nacional de Poesía de la Universidad de Antioquia, 1987, y en 2017 recibió el Premio Internacional de Literaturas Africanas en Madrid, España.
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