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Y la nave va
De Cineccittà, la gran escuela del cine italiano, Federico Fellini hizo su casa.
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23 de jul de 2026, 12:27 a. m.
Actualizado el 23 de jul de 2026, 12:27 a. m.
Es preciso saber que ahora, cuando el cine decae, como la literatura, vale recordar a Federico Fellini quien, como el poeta chileno Vicente Huidobro, siempre quiso demostrar que son tres los cuatro puntos cardinales: el Norte y el Sur.
En esa poética se embarcaron no pocos artistas de vanguardia que comprendieron, desde Dadá, el Constructivismo y los manifiestos surrealistas, la posibilidad de hacer volar a un hombre, como un ángel, desde una desértica y gélida terraza a orillas del mar.
De Cineccittà, la gran escuela del cine italiano, hizo su casa. Para los que iban a visitar su plató atestado de guerreros pederastas, viudas romanas, ruinas de cartón y poderosos navíos de altas proas, salidos de la maraña del sueño, este genio ‘escogido’ por el cine era ya, en vida, un inmortal. Alguien de notorio vacío en el universo al momento de su muerte.
Junto a Giuseppe Rotuno, su director de fotografía, se dio a la tarea de hacer del cine un arte mayor, con la fuerza de la poesía, la seducción de la música, el lirismo de la tragedia y el encantamiento de la pintura. Sus certezas pictóricas eran flamencas y renacentistas. Los frescos que armó detalle a detalle en encuadres memorables -¿todos?- tenían la compulsión del pintor.
Algunos planos de Fellini, fundamentalmente los generales, dedicados a las guerras navales, llegaron al espectador entre el magma de un mar aceitoso, antiguo, lleno de pavor, con el sonido de los belfos piafantes de la bestia que acecha en el sueño, en los deltas oceánicos del subconsciente. El rumor de guerra que acompañó la aparición en escena de las enormes barcazas fellinianas, fue siempre el preludio de un acercamiento a los límites de lo fantástico, a los predios prohibidos del más allá.
Fue de Cinecittà que salieron aquellos barcos con sus fauces de fuego, mascarones portentosos y una artillería suficiente para el exterminio de todos los imperios; de ahí también las monumentales proas de cartón recortadas con un mar ficticio, pesado y nocturno, como el último, el de la lluvia ácida.
Si repasamos en detalles su trabajo como director, vemos cómo aquel océano de miedo atravesó toda su filmografía, hasta alcanzar la gloria eterna en una película considerada por muchos como su obra maestra: “Y la nave va”. Ahí, el humo de las viejas refriegas marinas evocó a griegos y romanos.
Ese mismo mar espeso como lava fría, viscoso como el alquitrán, anunció siempre, metáfora iluminada, el fin de toda empresa, el naufragio de toda pasión. Así en ‘Satyricon’, ‘Amarcord’ o ‘Casanova’.
De las estatuas ruinosas de la Italia florentina, Fellini copió en el rostro de centenares de actores el perfil helénico, el cabello ensortijado, la casta y pervertida quietud de las cortesanas, de los pederastas palaciegos.
Ganó cuatro premios Oscar a Mejor Película Extranjera, y en 1993, año de su muerte, otro galardón honorífico de la Academia.
Había nacido en Rimini, en una familia de clase media. Su padre era un comerciante de licores, dulces y comestibles. Desde muy temprano en el Liceo Giulio Cesare, descubrió su talento para el dibujo. No fue ajeno al cine de Charles Spencer Chaplin ni de Buster Keaton, el otro genio del cine mudo estadounidense. En 1945 conoció a Roberto Rosellini y con él hizo esa hermosa película que es ‘Roma, ciudad abierta’.
Tocado por el Neorrealismo, avanzó por la vida junto a su esposa Giulietta Masina, actriz, su gran inspiración. Para ella escribió el guión de ‘Giulietta degli spiriti’ (Julieta de los espíritus), en 1965.
Con el Maestro Rosellini colaboró también en películas como Paisá (Camarada, 1946) y ‘L´amore’ (El amor, 1948). La aparición de su primera película, ‘El jeque blanco’, fue protagonizada por Alberto Sordi; fue escrita por Michelangelo Antonioni y Ennio Flaiano. Desde ese momento lo acompañó siempre el músico Nino Rota.

Medardo Arias Satizábal, periodista, novelista, poeta. En 1982 recibió el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en la categoría Mejor Investigación. En tres ocasiones fue honrado con el Premio Alfonso Bonilla Aragón de la Alcaldía de Cali. Es Premio Nacional de Poesía de la Universidad de Antioquia, 1987, y en 2017 recibió el Premio Internacional de Literaturas Africanas en Madrid, España.







