Editorial
El futuro de los cubanos
La Administración Trump ha afianzado un bloqueo petrolero a la isla que hoy por hoy la tiene casi a oscuras.
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10 de jul de 2026, 02:15 a. m.
Actualizado el 10 de jul de 2026, 02:15 a. m.
Los próximos tres meses podrían ser definitivos para el futuro de Cuba, de su gobierno y de sus habitantes. Así se puede prever por al menos tres razones que podrían derivar en que cambie la difícil situación humanitaria que están padeciendo ocho millones de personas que viven en la isla.
La primera, y la que pone el eje temporal a la posibilidad de que se produzcan transformaciones importantes sobre los cubanos, tiene que ver con la aprobación por parte de la Asamblea General de las Naciones Unidas de que en octubre se realice un debate sobre el embargo económico, comercial y financiero que Estados Unidos mantiene sobre la isla desde hace varias décadas.
Sin duda, se trata de un primer triunfo diplomático del Gobierno liderado por Miguel Díaz-Canel sobre Washington, dado que durante meses la Casa Blanca hizo esfuerzos diplomáticos para que ni siquiera se permitiera poner el tema sobre el seno de la ONU.
Sin embargo, y aquí llega la segunda razón, lo cierto es que, desde la captura de Nicolás Maduro en Venezuela, la Administración Trump ha afianzado un bloqueo petrolero a la isla que hoy por hoy la tiene casi a oscuras. Nada más este lunes la red eléctrica cubana sufrió un nuevo colapso que mantiene a parte del país sin energía desde ya más de 72 horas, siendo el tercer gran apagón producido desde enero, alcanzando un máximo de una semana en las dos ocasiones anteriores, cuando la oscuridad fue total.
Dicha situación, con las nefastas consecuencias para cuestiones vitales como la prestación de los servicios de salud, ha hecho crecer la inconformidad entre los habitantes de la isla, al punto que en la noche del martes se volvieron a registrar cacerolazos, quema de basuras y gritos de libertad y abajo la dictadura en las calles de varias provincias, lo que hace pensar que las históricas manifestaciones de junio pasado, cuando, pese a la represión oficial y las capturas, se llevaron a cabo 107 jornadas, van a continuar, alentando cualquier medida o escenario que se plantee desde la diáspora u otros gobiernos, como el estadounidense.
Y la tercera razón por la que se puede avizorar que algo podría suceder en la nación caribeña antes de octubre, cuando se discutirá el embargo en la ONU, es que las 176 reformas sociales y económicas anunciadas el mes pasado por el Gobierno cubano no se queden en letra muerta, sino que empiecen a materializarse.
Según medios de comunicación internacionales, dichas medidas, ya aprobadas por la Asamblea Nacional, incluyen la autorización de la banca privada, la inversión directa de los cubanos en el exterior, el fin de los subsidios universales y la posibilidad de que las pequeñas y medianas empresas contraten a más de cien personas.
El problema con estos anuncios es precisamente que no son los primeros que hace el régimen cubano, por lo que la credibilidad del presidente Miguel Díaz-Canel tanto al interior del país como en el exterior, es casi nula. Sin embargo, hay la esperanza de que, ante la permanente denuncia internacional de la precariedad en la que están teniendo que sobrevivir los habitantes de la isla y la presión derivada del bloqueo petrolero, el poder de La Habana se vea obligado a implementar esas reformas no solo con celeridad, sino con la profundidad que se requiere.
Así las cosas, corre el reloj para la Asamblea de la ONU, pero especialmente para el régimen imperante en la isla y para las cartas que el Gobierno Trump quiere jugar en la nación caribeña, pero especialmente para que el pueblo cubano pueda acceder al mejor futuro que se merece.
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