Columnistas
Ya no sabemos qué creer
Hoy, la incertidumbre también nace cuando coinciden cambios rápidos, pérdida de control y debilitamiento de los marcos que antes daban orientación.
Siga a EL PAÍS en Google Discover y no se pierda las últimas noticias


3 de mar de 2026, 01:47 a. m.
Actualizado el 3 de mar de 2026, 01:47 a. m.
Durante mucho tiempo, la incertidumbre tuvo una forma conocida. Era la duda sobre el futuro: si la economía mejoraría, si habría estabilidad política, si nuestros hijos vivirían mejor que nosotros, si el trabajo alcanzaría para sostener la vida que imaginábamos. No era cómoda, pero era reconocible. La incertidumbre consistía, sobre todo, en no saber qué iba a pasar.
Hoy, la incertidumbre ya no nace solo de no saber qué viene. Nace cuando coinciden cambios rápidos, pérdida de control y debilitamiento de los marcos que antes daban orientación. Se debilitan las instituciones, la verdad compartida, la seguridad económica, las reglas internacionales y, con ello, también el horizonte de futuro. El World Economic Forum ha descrito este momento como una nueva “edad de competencia”, marcada por fragmentación, confrontación y creciente inestabilidad.
Por eso no estamos viviendo una sola crisis, sino la convergencia de cinco pérdidas. La primera es la pérdida de predictibilidad geopolítica: un mundo más competitivo, más fragmentado y más atravesado por conflictos. La segunda es la pérdida de una verdad compartida. El Reuters Institute ha mostrado cómo cae el vínculo con los medios tradicionales mientras crece la dependencia de redes sociales y plataformas de video para informarse. Y en ese entorno, la Ocde advierte que la desinformación erosiona la confianza en instituciones y elecciones, alimenta divisiones sociales y deteriora la calidad de la deliberación pública.
La tercera pérdida es la confianza institucional. Y este punto es decisivo, especialmente en América Latina. La Ocde ha insistido en que la confianza pública está estrechamente ligada a la calidad de la información, a la sensación de ser escuchado y a las condiciones de seguridad socioeconómica. Las personas sienten que no tienen voz, que la información está contaminada y que las instituciones no logran protegerlas ni representarlas.
La cuarta pérdida es la seguridad económica. Aunque no haya un colapso general, millones de personas viven presión, fragilidad y miedo al estar aún peor. Y la quinta, quizá la más silenciosa, es el temor a perder relevancia y autonomía frente a la tecnología. La inteligencia artificial profundiza esa sensación, no solo porque transforma cómo concebimos el trabajo, sino porque vuelve más difusa la frontera entre evidencia y simulación, entre verdad y fabricación. Ya no solo cuesta anticipar el futuro; empieza a costar interpretar con claridad el presente.
En la incertidumbre contemporánea, no solo ignoramos qué vendrá, sino que se debilitan las fuentes que antes nos ayudaban a orientarnos. Y cuando eso ocurre, el desafío deja de ser únicamente político o tecnológico. Se vuelve profundamente humano.
La pregunta de fondo, entonces, es cómo conservar criterio, libertad interior y humanidad en medio de sistemas cada vez más capaces de moldear lo que pensamos, sentimos y decidimos. Eso exige volver a prácticas que hoy parecen pequeñas, pero son parte de la condición humana: detenerse antes de reaccionar, leer con atención, verificar antes de compartir, hablar con quienes piensan distinto sin convertir el desacuerdo en odio, y proteger espacios de silencio que permitan ordenar la mente. También exige formar hijos, equipos y comunidades capaces de pensar, de discernir; no solo de producir. Porque ante la división social y la incertidumbre que vivimos, nuestra mejor herramienta es buscar conectarnos con nuestra comunidad. La empatía, la cercanía, el contacto humano y el criterio son el camino.
6024455000





