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¿Seremos adolescentes jugando a ser adultos?

¿Seremos igual de polarizados en nuestras creencias y principios?

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Sofía Lloreda Toledo.
Sofía Lloreda Toledo. | Foto: El País

30 de jun de 2026, 01:42 a. m.

Actualizado el 30 de jun de 2026, 01:42 a. m.

Recuerdo un día en el colegio, tras haber ‘ganado’ un argumento la noche anterior en el chat del curso, entrar por los pasillos y ser recibida por algunos de mis compañeros con un saludo muy particular: “Buenos días, Presidenta”. Cabe resaltar que esto no tiene nada que ver con mi postura política, ni mi deseo de gobernar, ni mi capacidad para hacerlo. Pero sí tiene todo que ver con la pasión e intensidad emocional con la cual vivía y defendía mis opiniones a mis 16 años.

En mi adolescencia este tipo de situaciones eran cotidianas, cuando no estaba de acuerdo con algo nunca me quedaba callada, cuando era testigo de una injusticia era la primera en creerme defensora, y cuando alguien irrespetaba a mis seres queridos o alguna de mis creencias u opiniones, esa pasión se transformaba en ira. Esto es ser adolescentes: tener “un cerebro en remodelación”, como lo explican las psicólogas y expertas Cecilia Zuleta y Juana Morales en su último libro.

Esto significa que todo cambia, lo cognitivo, lo social, lo hormonal, lo emocional, pues es esta una de las transiciones más intensas que atravesamos todos los seres humanos. Y el epicentro de todos estos cambios, suele ser el emocional, pues es el eje que lo conecta todo -por eso cuando somos adolescentes vivimos nuestras emociones a flor de piel, como en una apasionada y volátil montaña rusa-.

Esto es lo hermoso del desarrollo humano, todos hemos sido adolescentes, algunos más apasionados o irascibles que otros, pero de la misma manera, todos crecemos, cambiamos, evolucionamos -por lo menos esto es lo esperado en el ciclo natural del desarrollo-. Este crecimiento es absolutamente necesario, pues es lo que nos permite superar la adolescencia y madurar hacia la adultez; empezar a encontrar nuestras prioridades en la vida, alinear nuestros valores y principios, desarrollar habilidades de autorregulación y reflexión, y encaminarnos hacia vivir una vida más balanceada y con más herramientas. Sin embargo, la realidad de este mundo, es que aunque todos nos desarrollamos bajo el mismo proceso evolutivo, no todos logramos ‘superar la adolescencia’ o madurar. Entonces, ¿qué pasa cuando este es el caso?

Usualmente terminamos viviendo en los extremos, cerrándonos a todo (y todos) lo que no coincide con nuestras creencias, y en esencia acabamos viviendo para siempre en esta ‘etapa de remodelación’: con pensamientos polarizados, baja tolerancia a la frustración y una intensa reactividad emocional a todo lo que se sale de nuestra burbuja de pasiones y creencias.

Aparecen tantos ejemplos de líderes que han escogido actuar desde estos extremos, Benito Mussolini, Maximilien Robespierre, Laureano Gómez, Hugo Chávez; entre muchos otros gobernantes, que como estrategia para buscar estatus, poder y pertenencia, se enfocan en la polarización de las naciones -conduciendo a problemas aún mayores, como guerras, divisiones territoriales, colapso de naciones enteras, etc-.

A lo largo de la historia, las estrategias que han sido empleadas para lograr fines (políticos, económicos, religiosos, sociales, relacionales, culturales, etc.) suelen enfocarse en la polarización de las oportunidades y la pasionalidad llevada al extremo.

Pero entonces, ¿qué significa eso para los que seguimos u obedecemos a dichos extremos? ¿Seremos igual de polarizados en nuestras creencias y principios? ¿Estaremos igual de cerrados a la ambivalencia humana? ¿Seremos adolescentes jugando a ser adultos?

Todo esto me ha llevado a reflexionar mucho acerca de cómo hemos aprendido a manejar nuestras creencias, opiniones, y doctrinas en la vida adulta. Porque realmente es difícil tomar decisiones acertadas cuando algo nos apasiona, o cuando algo nos molesta profundamente. Entonces los invito a que dirijamos la mirada más hacia adentro: a nuestro propio círculo social, nuestros propios hogares, y dentro de nosotros mismos.

Porque a veces no hay que ir tan lejos de casa para encontrar este tipo de rupturas por ideales extremos. Hay hogares en los cuales las creencias religiosas extremas fragmentan la familia, hay relaciones en las cuales el manejo radical de las finanzas genera fracturas en el vínculo, hay conversaciones en las cuales no existe la tolerancia por la diferencia, hay lugares en los cuales no hay espacio para la ambivalencia, y hay países en los cuales la política está tan polarizada que no podemos ni hablar de ella como habitantes de una misma nación.

Con todo esto en mente, los invito a que reflexionemos y hagamos un escaneo -individual y colectivo- para revisar si efectivamente hemos superado la aguda etapa de la adolescencia y estamos haciendo el trabajo consciente de ser adultos: capaces de escuchar, frenar nuestros impulsos, tolerar y aceptar, ser flexibles, priorizar, resolver y reparar, y autorregularnos.

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