Columnistas
Prepararse para la jubilación
“Esperaba un trato más generoso de la institución a la cual dediqué mi vida”.
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29 de mar de 2026, 12:53 a. m.
Actualizado el 29 de mar de 2026, 12:53 a. m.
Algunas personas deprimidas que acuden a consulta se muestran desconcertadas porque, en el momento de su jubilación, no recibieron de su empresa el trato generoso que (consideraban) se merecían. Si hubieran entendido que las instituciones, en el momento del retiro de un empleado, se suelen ajustar a la ley, y se hubieran preparado de manera más realista para la llegada de ese día, otra muy distinta sería su situación emocional en ese momento.
La queja suele ser justa, pues la desconsideración ocurre con alguien que había hecho una entrega generosa y total. A su institución le dedicó miles de horas y jornadas extras que nunca sumaron para su retiro, pero que lo alejaron de su familia en épocas críticas. Siempre puso la empresa por encima de su familia, sus conveniencias personales y su salud. Además, realizó por ella sacrificios que sólo podían ver con claridad sus allegados. Cuando finalmente abre los ojos, le toca aceptar que siempre tuvo la ilusión, ingenua por supuesto, de que la empresa le daría un trato especial.
Unas pocas instituciones premian a sus empleados importantes y leales de muchos años con jubilaciones generosas. Pero salvo esas excepciones, la mayoría de las empresas, en el momento del retiro, le dan a sus buenos empleados lo que les corresponde. Lo de ley y punto.
Los empleados de niveles más bajos, cuando la empresa les cumple en el momento del retiro, paradójicamente sufren menos porque ellos no se hicieron ilusiones vanas. Sabían con exactitud qué esperar. Lo de ley y punto.
Paralelo con la disminución de los ingresos económicos, otras circunstancias emocionales agravan el desconcierto del jubilado. Por ejemplo, no se había dado cuenta de lo dependiente que era de la institución en la cual trabajó por tanto tiempo. Al romperse esta unión, se reavivan ciertos temores infantiles al abandono que habían estado dormidos durante los años en los cuales nunca tuvo tiempo para nada personal. Simplemente se sentía como alguien importante y seguro de sí mismo. Ahora, con tiempo de sobra, le toca hacerse, en medio de la desilusión, fundamentales preguntas: “¿Qué es lo importante? ¿Valió la pena mi entrega de tantos años? ¿Qué voy a hacer con mi vida de aquí en adelante?”
La desilusión se origina al asumir erróneamente que, por haber cumplido “más allá del llamado del deber”, la institución le iba a dar un trato preferencial. Eso, está visto, rara vez ocurre, pues las empresas, por regla general, no tienen un corazón muy bondadoso y funcionan sobre la base de resultados, no de sentimientos.
Terminada la falsa tranquilidad de la rutina, quien se retira ve con temor cualquier cambio y el miedo se agrava por la amenazante sensación de vulnerabilidad.
Para atenuar esta sensación, es preciso prepararse para el retiro. Algo que debe anticiparse, mucho antes de que la frialdad institucional lo despierte para recordarle que el tiempo se le acabó. Y que debe vaciar su escritorio cuanto antes porque ya hay alguien esperando para sentarse en su silla. Prever ese momento con la debida anticipación puede convertir un disgusto en una decorosa salida.

Carlos E. Climent es médico de la Universidad del Valle y psiquiatra de la Universidad de Harvard. Durante30 años trabajó en el Departamento de Psiquiatría de la Universidad del Valle, y durante 20 se desempeñó como miembro del Panel de Expertos en Salud Mental de la Organización Mundial de la Salud.
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