Columnistas

¿Para dónde va Europa?

Las protestas expresan el sentimiento creciente de decepción por no recibir beneficios que se consideran legítimos y exigibles.

GoogleSiga a EL PAÍS en Google Discover y no se pierda las últimas noticias

Antonio de Roux
Antonio de Roux | Foto: El País

2 de nov de 2026, 12:36 a. m.

Actualizado el 2 de nov de 2026, 12:36 a. m.

Ayer domingo la oleada de descontento volvió a barrer Europa. La agitación ya no es cuestión de los países mediterráneos como Francia, España o Italia. Los jóvenes de Alemania, Portugal y Suiza también están tomándose calles y plazas, alzando el puño contra las fuerzas oficiales. Han aparecido indicios de que ciertos estados extracomunitarios le echan leña al fuego.

El descontento presenta dos elementos que podrían estar en el origen de la situación y sobre los cuales resulta oportuno reflexionar. El primero es la crisis del llamado ‘estado de bienestar’, sistema impulsado por los partidos democráticos de centro y centro izquierda, que se generalizó en el continente. La promesa era brindar calidad de vida a los ciudadanos; atender integralmente sus necesidades en materia de pensiones, educación y salud, vivienda digna, seguridad social, etc.

Aludimos a un propósito laudable que, sin embargo, parece estar desmoronándose. La evolución reciente de la dinámica económica está llevando a que muchas de las naciones comprometidas con el enfoque registren menor crecimiento económico, caída de la inversión, mayor endeudamiento, precariedad laboral, déficit presupuestal y serias dificultades para sostener lo comprometido.

Las protestas expresan el sentimiento creciente de decepción por no recibir beneficios que se consideran legítimos y exigibles. Los ninis, quienes no estudian ni trabajan; los okupas destechados; los granjeros enardecidos y otros sectores de la población estarían concluyendo que viven un sistema indefendible. Más aún cuando el continente prioriza el gasto militar sobre la inversión social; las armas sobre la gente.

Otro elemento que alimenta el estallido del viejo continente es el uso con propósitos utilitarios y electoreros de la política migratoria. Esta circunstancia notoria en Francia y España se expresa en una afluencia extranjera incesante, proveniente en buena medida de países africanos musulmanes. Quienes llegan sobreviven en condiciones precarias y de marginalidad; vienen de naciones saqueadas cuando no arrasadas por las potencias coloniales. Pero la solución a esa tragedia no es atraer más emigrantes, sino un esquema de carácter internacional que financie el desarrollo de aquellos territorios.

Sin pretender juzgar el credo del profeta Mahoma, cuyos principios humanísticos son respetables, se observa que esa opción espiritual va más allá de lo que en Occidente entendemos como una religión. El Islam representa un sistema que contiene regulaciones absolutas. Prácticas forzosas sobre teología, educación, derecho, etc. Su alcance llega a innumerables aspectos del comportamiento y las relaciones humanas, contraviniendo con frecuencia las culturas y usanzas de los estados anfitriones. El resultado es la dificultad que experimentan sus creyentes para insertarse al nuevo entorno social y laboral, situación que marca con frecuencia un futuro de marginalidad y aislamiento.

La recepción indiscriminada de migrantes y la necesidad de atenderlos ha reorientado hacia otros sectores recursos cuantiosos que deberían emplearse para el bienestar de la población autóctona. Paradojalmente, sin importar los intereses de sus adeptos internos, esa puerta abierta ha sido usada y abusada durante años por partidos políticos europeos como estrategia para apuntalar su imagen y atraer simpatizantes. Al efecto es oportuno mencionar el caso de Francia con una población extranjera que llega al 14 % del total. En su mayoría son personas de tradiciones y cosmovisión diferentes procedentes de Marruecos, Argelia, Túnez y otros países africanos.

Caso aparte es el de Cataluña, una región azotada ahora por movilizaciones intensas. Mirando atrás, se encuentra que sus separatistas propiciaron la llegada de inmigrantes provenientes de países musulmanes como Marruecos y Pakistán. Querían nuevos habitantes, pero dispuestos a comprometerse con la causa independentista. Por eso excluyeron sistemáticamente a los latinoamericanos, ya que no los hacían confiables los vínculos históricos y culturales de sus países de origen con España.

El resultado es que la región autonómica acogió a decenas de miles de marroquíes y paquistaníes quienes representan el 30 % de la población musulmana de toda la nación.

A pesar de los subsidios y de las más de trescientas mezquitas construidas a lo largo y ancho de Cataluña, infinidad de ellos siguen sintiéndose maltratados.

El Estado de bienestar no previó que su generosidad algún día sería impagable; no anticipó que a través de sus puertas abiertas entraría el germen de la agitación social y la confrontación religiosa. Con anterioridad, Europa experimentó internamente períodos de zozobra que pudieron resolverse gracias a los valores de la cultura cristiana heredada y a la capacidad de resiliencia aprendida por cuenta de las grandes confrontaciones bélicas. Sin esos elementos esenciales es imposible prever cómo saldrá librada de la conmoción que aflora.

Que Dios bendiga a Europa; que los líderes de sus naciones sean capaces de construir convergencia y armonía, y que pueda librarse de los extremismos que desde las estepas rusas y el golfo pérsico tratan de imponerle.

Regístrate gratis al boletín de noticias El País

Descarga la APP ElPaís.com.co:
Semana Noticias Google PlaySemana Noticias Apple Store

AHORA EN Columnistas

Gonzalo Gallo

Columnistas

Oasis