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Las grietas que quedan por dentro

Muchas familias atraviesan un duelo; algunas perdieron personas a las que amaban, otras perdieron su hogar, sus pertenencias o la posibilidad de regresar al lugar donde vivían.

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Paola Andrea Gómez.
Paola Andrea Gómez. | Foto: El País.

30 de ago de 2026, 12:04 a. m.

Actualizado el 30 de ago de 2026, 12:04 a. m.

Hay escombros que no son visibles, pero sí perceptibles; escombros que hablan de lo que vivimos como ciudad y permanecen latentes en nuestra memoria colectiva, en el ambiente, en las preguntas que nos hacemos desde el 10 de agosto.

Ahora miramos las fachadas, las paredes y los edificios, escudriñando cada rincón. También escuchamos de otra manera: un ruido fuerte puede despertar la pregunta de si volvió a temblar, las sirenas de las ambulancias nos alteran y una réplica puede devolver a muchas personas al momento en que la tierra se movió.

Estamos en recuperación. Mientras se atienden familias, se revisan estructuras, se remueven escombros y se trazan planes y estrategias para seguir adelante, hay otra tarea que ocurre en silencio: volver a sentirse a salvo.

Muchas familias atraviesan un duelo; algunas perdieron personas a las que amaban, otras perdieron su hogar, sus pertenencias o la posibilidad de regresar al lugar donde vivían. Hay quienes permanecen en lugares afectados y sienten que cada movimiento vuelve a traer lo vivido. También están quienes, aun sin haber sufrido daños directos, cargan con las imágenes, los relatos y el miedo de sus familiares y vecinos.

La Organización Panamericana de la Salud estima que entre un tercio y la mitad de las personas expuestas a un desastre pueden presentar alguna manifestación psicológica. El insomnio, la angustia, la hipervigilancia, la dificultad para concentrarse o la sensación de estar permanentemente en alerta pueden aparecer después de una experiencia como la que vivimos. Muchas de estas reacciones disminuyen con el tiempo; otras requieren acompañamiento profesional.

Necesitaremos tiempo, compañía y escucha para remover nuestros escombros emocionales o aprender a vivir con ellos. Para eso debemos reconocer cómo estamos, individual y colectivamente, y abrir espacios donde puedan encontrarse las respuestas expertas con la capacidad de cuidado que hemos demostrado como ciudad.

Porque más allá de la resiliencia y de la poesía que nos recuerda de qué estamos hechos, también necesitamos reconocernos en la fragilidad, en las grietas que quedaron por dentro y que necesitan tiempo para sanar. No será fácil, no es de la noche a la mañana, no puede ser cosmético; se requieren cimientos fuertes para avanzar.

Ya hemos abierto caminos para que aflore la humanidad y pueden ser la base para construir una nueva senda, una que nos permita seguir andando sin negar lo que ocurrió y aprendiendo de aquello que la tierra también nos recordó.

La recuperación emocional necesita tiempo y comunidad, así como acciones cotidianas: recuperar rutinas, descansar, hablar sobre lo ocurrido, permitirnos hacer preguntas, acompañar a las niñas y niños en sus miedos, reducir la exposición a imágenes que mantienen la alerta y buscar ayuda cuando la ansiedad persiste.

Nuestra salud mental debe ocupar un lugar en la estrategia de recuperación de Cali, porque, así como la emergencia física tiene protocolos, censos, cifras y equipos de respuesta, la emergencia emocional requiere atención, seguimiento y recursos.

Reconstruir una ciudad significa reparar lo que vemos y recuperar aquello que el terremoto puso en duda. La resiliencia se permite el dolor, lo reconoce, lo atraviesa y encuentra en otros la fuerza para seguir. Cali tendrá que reconstruir edificios, casas y negocios, pero también recuperar la confianza y la tranquilidad en lugares que hasta hace poco sentíamos inquebrantables.

Los escombros visibles irán desapareciendo, pero las grietas que quedan por dentro necesitarán tiempo, más escucha y más cuidado. Quizás esa sea una de las tareas más importantes para volver a sentir que estamos en casa.

@pagope

Comunicadora Social - Periodista y Docente de la Universidad Autónoma de Occidente. Caleñísima. Con 26 años de experiencia en una sala de redacción. Entiende el periodismo como una pasión, pero sobre todo, como una manera de transformar y servir a la sociedad. Ciudad, paz, género y niñez, los temas que le apasionan.

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