Columnistas
La vida es un segundo
Una tremenda paradoja... las fuertes estructuras mentales que nos imponemos en nuestras vidas versus la fragilidad de nuestra existencia, y lo único que esto me dejó fue un desasosiego que parece interminable.
Siga a EL PAÍS en Google Discover y no se pierda las últimas noticias


13 de ago de 2026, 02:03 a. m.
Actualizado el 13 de ago de 2026, 02:03 a. m.
Las grandes tragedias aparecen para recordarnos una realidad que casi siempre nos empecinamos en eludir: que la vida dura solo un segundo. Recuerdo que el lunes, en medio de mi jornada laboral, un compañero y yo justo nos encontrábamos hablábamos de la inutilidad de esforzarse en pensar en el futuro, cuando ni siquiera sabemos lo que nos puede llegar a ocurrir en los próximos instantes. Al final, todo es un parpadeo, y de un momento a otro, puedes pasar de ver la luz a quedar a merced de la oscuridad absoluta.
Así no me haya tocado vivirlo en carne propia —llevo dos años residiendo en el exterior—, el terremoto que sacudió a una gran parte del suroccidente colombiano y Cali, mi ciudad natal, me hizo pensar en una tremenda paradoja: las fuertes estructuras mentales que nos imponemos en nuestras vidas (planes, deseos, metas) versus la fragilidad de nuestra existencia, y lo único que esto me dejó fue un desasosiego que parece interminable.
En lo primero que pensé cuando me enteré del terremoto, fue en mis padres. Llamarlos, escuchar su voz y saber que estaban a salvo fue, quizá, el mayor regalo que pudo darme la vida en mucho tiempo. Sin embargo, no todas las personas pudieron contar con esa fortuna y hoy vemos, en las noticias y en las redes sociales, imágenes dramáticas de familias, personas, allegados y amigos que perdieron mucho, y no solo hablo de las cosas materiales.
Dentro de lo que he podido observar de toda esta tragedia, lo que más me alivia el alma es ver la manera como los caleños han asumido esto, creando redes de apoyo, visualizando situaciones dramáticas, buscando la manera de ayudar, de servir sin esperar nada a cambio y de ser un hombro para quien no tiene la manera, ni física ni emocional, de mantenerse en pie.
No obstante, no dejo de pensar en todas esas ocasiones en las que atravesamos situaciones cotidianas difíciles y nos quejamos, sin darnos cuenta que todo puede cambiar en un instante, un solo instante en el que nosotros o alguien a quien amamos puede cerrar los ojos para siempre, sin previo aviso.
Que esta, entonces, no solo sea una oportunidad para ayudar al otro a levantarse de sus cenizas, sino también una lección dura que nos enseñe a valorar más el presente, a amar más, a disfrutar más cada día que la existencia nos regale, porque la vida dura un segundo, y no siempre nos damos cuenta.

Periodista apasionado por los deportes, los goles, la literatura y la redacción digital. Vinculado a mi casa, El País, desde el 2013.







