Columnista
Jaime Arizabaleta: una voz que incomoda
La tesis central de su discurso es sencilla, pero poderosa: el orden también es un derecho democrático.
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6 de mar de 2026, 01:11 a. m.
Actualizado el 6 de mar de 2026, 01:11 a. m.
En el Valle del Cauca y Colombia hay una conversación que se repite cada vez con más frecuencia. Aparece en la tienda del barrio, en la mesa familiar del domingo o en la fila de una farmacia: la sensación de que el desorden se volvió costumbre y que la autoridad dejó de existir. Muchos sienten que durante años la política miró hacia otro lado mientras la inseguridad, el vandalismo y la impunidad ganaban espacio en la vida cotidiana.
En ese ambiente aparece una figura que muchos ya conocían por las redes sociales, por sus videos o por sus intervenciones públicas, pero que ahora decidió dar el salto a la política electoral: Jaime Arizabaleta.
Arizabaleta no viene de la política tradicional. No es el típico candidato formado en décadas de burocracia ni en estructuras partidistas clásicas. Su visibilidad nació en el debate público, en las redes sociales, en las marchas y en las discusiones abiertas donde decidió tomar una posición clara frente a lo que considera el deterioro del orden institucional.
En una época en la que muchos discursos políticos se mueven entre la prudencia excesiva y el cálculo permanente, él eligió otro camino: decir lo que piensa, sin demasiados filtros. Ese estilo frontal —que a algunos incomoda— también explica por qué ha logrado conectar con una parte de la ciudadanía que siente que la política se volvió tibia, distante o incapaz de nombrar los problemas de frente.
La tesis central de su discurso es sencilla, pero poderosa: el orden también es un derecho democrático.
Porque sin seguridad no hay comercio ni empleo que sobreviva.
Sin orden no hay educación que funcione con normalidad.
Y sin autoridad el Estado termina desapareciendo de la vida cotidiana de los ciudadanos.
Desde esa mirada ha impulsado propuestas como la llamada ‘Ley Anticapuchos’, que busca dar herramientas a las autoridades para enfrentar la violencia y el vandalismo que muchas veces se esconden detrás del anonimato. Más allá del debate jurídico que seguramente generará, lo que la propuesta refleja es una preocupación compartida por muchos vallecaucanos: recuperar la capacidad del Estado para hacer respetar las reglas.
Su campaña también ha tenido una dimensión simbólica. Arizabaleta entendió algo que muchos políticos olvidaron: la política no solo se libra en los programas de gobierno, sino también en el terreno cultural. En los debates públicos, en la defensa de ciertas ideas y en la disputa por el significado del espacio público.
Eso explica por qué su presencia ha generado tanto apoyo como críticas. Y es natural que así sea. Los liderazgos que desafían el statu quo rara vez pasan desapercibidos.
En todo caso, su candidatura plantea una pregunta interesante para el Valle del Cauca. En una región donde el debate político muchas veces se ha movido entre la resignación y la confrontación ideológica, Arizabaleta representa una apuesta por una narrativa distinta: la del orden como punto de partida para reconstruir la confianza ciudadana.
A algunos les gustará su estilo. A otros no. A algunos les parecerá demasiado frontal. A otros les parecerá exactamente lo que hace falta.
Pero lo cierto es que, en un momento en que muchos sienten que el Valle necesita recuperar autoridad, claridad y rumbo, Jaime Arizabaleta se ha convertido en una voz que vale la pena escuchar.
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