Columnistas
Fragancias de vainilla
William Vega Fernández (Buenaventura, 1959), acaba de escribir una novela histórica atravesada por el amor, dedicada a Barbacoas, el puerto fluvial otro día emporio de oro y riqueza.
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16 de abr de 2026, 01:04 a. m.
Actualizado el 16 de abr de 2026, 01:04 a. m.
Alguna vez la periodista Salud Hernández le confesó al escritor William Vega Fernández que la parte alta del río Telembí, el mismo que pasa por Barbacoas, era, en su concepto, “lo más parecido al paraíso”, un lugar que no podía comparar con ninguno otro en el mundo.
Opiniones respetables para quien viene de Europa, como la vergüenza que me hizo sentir un guía turístico en la casa del poeta Gabrielle D´Annunzio en Lombardía, cuando me dijo que no podía entender por qué, siendo yo colombiano, no conocía Leticia en el Amazonas: “Para mí este lugar es más importante que Nueva York, Londres o París”, afirmó. Lo entendí cuando mi hija viajó ahí y se internó en la selva “para enseñarle los básicos de un computador”, a los Ticunas. Diariamente desayunaba y almorzaba con un pescado llamado pirarucú, y todo le pareció de maravilla, de paraíso. Cayó ahí después de varios años en Francia, y quizá por ello su deslumbramiento era mayor.
William Vega Fernández (Buenaventura, 1959), acaba de escribir una novela histórica atravesada por el amor, dedicada a Barbacoas, el puerto fluvial otro día emporio de oro y riqueza. Su lanzamiento será el próximo jueves 23 de abril en la Biblioteca Departamental, a las siete de la noche.
Recoge los mitos que han rodeado desde siempre a Santa María de la Nueva Toledo de las Barbacoas, cual es el nombre original de esta villa en medio de la selva, y los enriquece con nombres de propios, apellidos reales de lo que se constituyó por mucho tiempo en una ‘aristocracia mestiza’. Muchos mineros ricos enviaban sus hijos a estudiar en Europa, importaban pianos alemanes y llegaban al ‘derroche”, así lo llamó Tomás Cipriano de Mosquera, de regar polvo de oro sobre sus alimentos y sobre sus muertos, en lugar de dirigir ese poder económico a sustentar la causa patriota, mirada con recelo por Agualongo y la casta dominante de la población temerosa de perder sus privilegios ante la Corona. Siempre se dijo que las damas barbacoanas contribuyeron con sus alhajas a la “liberación”, pero el escritor descubrió que ello fue imposición, la misma que llegó a despojar de oro y pedrería a la imagen de la Virgen de Atocha, patrona de Barbacoas.
El libro discurre por las aguas del Telembí y el Guaguí y tiene imágenes evocadoras de fiestas patronales, navidades y banquetes campiranos en esa tierra de orfebres que por tanto tiempo cultivaron la técnica de tejer joyas con hilos de oro, la filigrana, arte que se conoce también en Mompox.
Mi abuelo era de Barbacoas y por él conocí la historia de los Isidoros, una logia a la que pertenecía. ‘Isidoro’ era aquel que era traído al mundo por la “Mama Isidora”, partera negra hija de esclavizados. Entonces, y en todo el Pacífico, a la mujer que te traía al mundo también se le llamaba mamá. Isidora era muy parecida a una mujer en la novela de Vega Fernández; había llegado a un punto social tan alto, que expresaba “ya dejé de ser negra, el oro todo lo cambia”. Isidora fue famosa en Barbacoas porque tenía su casa de madera con balcón y dos escaleras: una por la que subían los mineros blancos y otra reservada a los descendientes de esclavos.
En el día del bautizo, los Isidoros eran llevados a la iglesia desnudos, en una bandeja de oro. Ya al hacerse adolescentes, cometían toda clase de tropelías en el pueblo, peleaban, se emborrachaban, pero no podían ser llevados a inspección porque eran ‘Isidoros’.
En ‘Cenizas doradas’ aparecen múltiples homenajes a queridos amigos del escritor, como el sacerdote al que llamó Baudilio Demóstenes Revelo Hurtado y Manosalva y claro, uno de los protagonistas, libertario, cronista y enamorado, un tal Medardo.
Novela exquisita, está narrada en una prosa rica, poética, apretada, en la que desaparece todo tinte retórico. Como si el autor se hubiera dedicado, con todo su tiempo, a pulir una joya de filigrana, orfebre obsesionado en ese territorio que conoce bien, donde la ribera de los ríos exhala al atardecer fragancias de vainilla.

Medardo Arias Satizábal, periodista, novelista, poeta. En 1982 recibió el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en la categoría Mejor Investigación. En tres ocasiones fue honrado con el Premio Alfonso Bonilla Aragón de la Alcaldía de Cali. Es Premio Nacional de Poesía de la Universidad de Antioquia, 1987, y en 2017 recibió el Premio Internacional de Literaturas Africanas en Madrid, España.
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