Columnistas
En espíritu y en verdad
Todos tenemos sed de Dios, y buscamos mil maneras para saciarla hasta que encontramos a Jesús, el agua viva.
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8 de mar de 2026, 12:47 a. m.
Actualizado el 8 de mar de 2026, 12:47 a. m.
Era un mediodía caluroso, cuando Jesús, sediento, se sentó en el brocal del pozo de Jacob, ubicado cerca a la población de Sicar en la región de los samaritanos. De pronto llega una mujer samaritana, cargando en sus espaldas dos ánforas para recoger agua y el pasado de cinco maridos tenidos y el amante del momento.
La mujer samaritana se sorprende que Jesús le pida agua para beber cuando los judíos no se tratan con los samaritanos. “Si conocieras el don de Dios, dice Jesús a la samaritana, tú me habrías pedido agua y yo te daría agua viva”.
Todos tenemos sed de Dios, y buscamos mil maneras para saciarla hasta que encontramos a Jesús, el agua viva. Lo dijo San Agustín cuando lo escribió en sus confesiones: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti.” La mujer tenía sed de Dios.
Los tres dioses que siempre quieren apoderarse de la humanidad (el dios de la guerra, el dios del erotismo, el dios de la avaricia) nunca sacian la sed de trascendencia que anida en nuestros corazones. Solo nos regalan muerte y destrucción, dignidad humana pisoteada, pobreza y miseria.
Cuando Jesús se reveló a la mujer samaritana como El Cristo, para completar su presentación, añadió sabiamente que los adoradores del Padre Dios no lo hacen en una montaña como los samaritanos o en un templo como los judíos, sino en espíritu y en verdad.
La adoración al Padre Dios es sobre todo una relación personal, una amistad en crecimiento, que se puede realizar en cualquier lugar, iluminada por el Espíritu Santo y basada en el Dios verdadero, revelado por las escrituras y por la tradición viva de los apóstoles.
Por esto Jesús repitió con insistencia: “Ha llegado la hora en que los adoradores verdaderos adoraran al Padre en espíritu y en verdad” Juan 4, 5-27.
Los lugares, los templos, los ritos, las liturgias sirven en la medida que no suplanten la acción del Espíritu Santo y la verdad de Dios revelada en Jesucristo.
Mensaje escrito por el Arzobispo de Cali y sus obispos auxiliares para los lectores de El País.
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