Columnistas
El principio del fin del Régimen iraní
El panorama de 2026 sugiere que el control de los ayatolás ha llegado a un punto de no retorno.
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19 de mar de 2026, 04:03 a. m.
Actualizado el 19 de mar de 2026, 04:03 a. m.
La Revolución de 1979 no transformó a Persia; la sepultó bajo una teocracia que, durante casi medio siglo, sometió a una de las civilizaciones más antiguas del mundo a una implacable dictadura religiosa. La nación que heredó imperios, poesía y ciencia quedó atrapada en un sistema que convirtió al país en una de las mayores prisiones políticas de Oriente Medio. Sin embargo, el panorama de 2026 sugiere que el control de los ayatolás ha llegado a un punto de no retorno. Una operación militar coordinada entre Estados Unidos e Israel ha sacudido los cimientos del poder en Teherán, eliminando figuras centrales y golpeando infraestructuras estratégicas.
Aunque Irán respondió con misiles, su capacidad ofensiva quedó severamente debilitada. La destrucción de su arsenal, sumada a deserciones internas y a una resistencia civil latente, indica que el régimen enfrenta su crisis más profunda desde su ascenso al poder.
Esta confrontación no es solo geopolítica; es un ajuste de cuentas histórico con un sistema que reprimió brutalmente a su propio pueblo. Nombres como Mahsa Amini, cuya muerte en 2022 desató protestas globales, se han convertido en símbolos imborrables de esa opresión. Junto a ella, jóvenes como Nika Shakarami y Sarina Esmailzadeh encarnan la tragedia de una generación que desafió al teocratismo y pagó el precio más alto en cárceles como Evin. Para Israel, el régimen nunca fue un adversario convencional, sino un proyecto ideológico de expansión regional mediante milicias en Líbano, Gaza, Siria e Irak. Mientras Occidente se perdía en negociaciones nucleares, Israel priorizó neutralizar lo que considera una amenaza existencial.
La historia determinará si esta escalada logra lo que la diplomacia no pudo: el colapso del sistema teocrático.
El fin de la teocracia no debe confundirse con la ruina de Irán, sino con su liberación. El príncipe Reza Pahlavi ha propuesto un sistema de transición destinado a restaurar las libertades civiles bajo un modelo secular y democrático. Esta experiencia ofrece una advertencia universal sobre los regímenes que consolidan su poder mediante la captura institucional bajo el manto de una ‘superioridad moral’ revolucionaria. Ejemplos en América Latina, como Venezuela o Cuba, demuestran cómo la subordinación del Estado a proyectos ideológicos de izquierda radical deriva inevitablemente en el desmantelamiento de la separación de poderes y la tiranía.
En Colombia, el espejo de Irán resulta particularmente inquietante. A medida que el país se encamina hacia nuevos ciclos electorales, las lecciones sobre la fragilidad democrática son ineludibles. El ascenso de discursos de izquierda que priorizan la movilización de masas sobre la institucionalidad, e intentan erosionar la independencia judicial o deslegitimar a la prensa, guarda ecos peligrosos de aquellos procesos que terminaron en autoritarismo. La izquierda radical en la región ha demostrado que, una vez en el poder, la tentación de perpetuarse alterando las reglas del juego es una amenaza real.
La defensa de la libertad en Colombia exige hoy una vigilancia ciudadana sin precedentes frente a un modelo que busca centralizar el poder bajo narrativas de redención social que solo asfixian al individuo. La historia reciente de Teherán nos recuerda que las sociedades no pierden su libertad de un solo golpe, sino mediante pequeñas concesiones que terminan en el despertar tardío de una nación bajo el yugo de la ideología.
Mantener el Estado de derecho frente a las agendas radicales es la única garantía de que Colombia no recorra el mismo camino de erosión institucional que hoy consume al régimen iraní.
X: @rosenthaaldavid
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