Columnistas
El poder del silencio
Silencio no es solo no hablar. Es reivindicar ese espacio sagrado para reconectarnos con nosotros.
Siga a EL PAÍS en Google Discover y no se pierda las últimas noticias


6 de ene de 2026, 02:03 a. m.
Actualizado el 6 de ene de 2026, 02:03 a. m.
“Si cada uno hablara de lo que sabe, se haría un silencio muy beneficioso para la humanidad”. No solo beneficioso, sino que cambiaría todo en este planeta, plagado de ruidos, charlatanes de profesión, blogueros, noticieros tendenciosos, trinos, mensajes de WhatsApp, figuritas y memes, además del ruido que nos enloquece, nos atrapa y nos asedia constantemente; de la música a todo volumen, el cacareo de gallinero asustado en reuniones sociales en las que todos hablan al tiempo, las motos, los pitos; ruidos escritos, dibujados, ruidos de pantallas.
No sabemos estar en silencio, pánico de escuchar la voz interior… Encontrarse con la serenidad. Si no estamos viendo Netflix, estamos enviando mensajes o llamando a alguien. Leer es un acto casi desconocido, aunque escuchemos las palabras.
Silencio no es solo no hablar. Es reivindicar ese espacio sagrado para reconectarnos con nosotros. Estar en silencio es no estar solo. Como aprendí de un terapista: “Hacer silencio dentro de uno mismo es permitir que Dios se siente a nuestro lado”. El silencio no significa ausencia ni vacío, es indispensable para poder vivir en este universo saturado de sonidos y palabras.
El silencio es poder comunicarnos con la armonía y la paz, con la naturaleza, el viento, los aromas; la serenidad de una noche de luna o un atardecer dorado.
Claro que no todo es así. Existen silencios cómplices, deshumanizados, agresivos, manipuladores, de castigo, de indiferencia, de retos, de ambigüedades; silencios cargados de ira y resentimiento.
El silencio terrorífico de una casa ya vacía, el silencio triste de una despedida, el silencio cargado de dolor, de algún dolor que no encuentra palabras; el silencio lleno de miedo en una sala de espera, el silencio eterno de esos segundos antes de un diagnóstico…
Recuerdo mis silencios infantiles. Poblados de miedos, soñaba con volverme invisible, los gritos me paralizaban. Silencios oscuros e inmóviles para que no me raptaran las gitanas. Temo el silencio de las puertas cerradas, de los ascensores vacíos, los cargados de tensiones.
Sin embargo, amo estar en silencio. Puedo quedarme en casa días seguidos, sola, conmigo misma, siendo el mismo silencio mi mejor compañía. Es una paradoja, lo sé, pero son mis silencios escogidos, no impuestos a la brava ni frutos de la soledad.
Termino este primer artículo con un pensamiento del humanista Joseph Campbell: “Decir sí a la vida, como venga, participando también en las penas del mundo… No podemos curar el mundo, pero sí podemos decidir vivirlo con alegría”.
Arranquemos con energía este 2026, aceptando lo que no podemos cambiar y pidiendo el valor para cambiar lo que sí podemos
Lula.

Periodista. Directora de Colcultura y autora de dos libros. Escribe para El País desde 1964 no sólo como columnista, también es colaboradora esporádica con reportajes, crónicas.
6024455000






