Columnistas
El peligro de Ormuz
El bloqueo es también un reflejo del desespero de Trump por obtener alguna semblanza de victoria, mientras Teherán juega deliberadamente con su mejor carta: el tiempo.
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15 de abr de 2026, 01:22 a. m.
Actualizado el 15 de abr de 2026, 01:22 a. m.
La semana pasada, Estados Unidos e Irán acordaron un cese al fuego de dos semanas mientras avanzan las negociaciones para poner fin a la guerra en Medio Oriente. Sin embargo, un reciente ataque israelí al Líbano, el fracaso de las conversaciones entre Washington y Teherán, y la decisión de Irán de cerrar el Estrecho de Ormuz en respuesta a los bombardeos de Tel Aviv han sumido la región en una nueva espiral de incertidumbre.
A esto se suma que, el martes 14 de abril, el gobierno de Donald Trump impuso un bloqueo marítimo en el Estrecho de Ormuz —específicamente sobre puertos y zonas costeras iraníes— con el propósito de estrangular económicamente al régimen y forzarlo a reabrir el paso donde los bombardeos han fallado. Es, sin duda, una apuesta peligrosa que podría ahondar la crisis energética global y desencadenar una nueva escalada de violencia. El bloqueo es también un reflejo del desespero de Trump por obtener alguna semblanza de victoria, mientras Teherán juega deliberadamente con su mejor carta: el tiempo.
Como señaló Ravi Agrawal en Foreign Policy, el fracaso de Estados Unidos en Irán tiene raíces claras. Trump entró a la guerra con objetivos maximalistas: un cambio de régimen, el desmantelamiento de la capacidad misil iraní, la neutralización de grupos aliados como Hezbollah y la eliminación definitiva del programa nuclear de Teherán. Ninguno se ha cumplido. Si bien varios líderes del régimen fueron abatidos —entre ellos el ayatola Jamenei—, la República Islámica ha mutado y sobrevivido. Hoy, según expertos, el hijo de Jamenei, Alí, encabeza nominalmente el régimen, pero el poder real recae en una Guardia Revolucionaria profundamente fracturada, lo que hace la situación aún más volátil e impredecible.
A esta inestabilidad se suma una amenaza nuclear latente. Irán conserva alrededor de 400 kilogramos de uranio altamente enriquecido —suficiente para fabricar diez bombas— enterrados en instalaciones nucleares dispersas. Trump exige que Teherán entregue ese “polvo nuclear”, pero Irán solo está dispuesto a negociar a cambio de un alivio significativo de las sanciones. Mientras tanto, el incentivo perverso de avanzar hacia la bomba como mecanismo de disuasión frente a futuros ataques de Washington o de cualquier otro rival ha crecido de manera alarmante. Si ese cálculo se materializa, el mundo podría enfrentarse a una proliferación nuclear regional de consecuencias impredecibles.
El conflicto también está pasando una costosa factura política al interior de Estados Unidos, especialmente en un año de elecciones de mitad de período. Según datos de The Economist, la aprobación neta de Trump cayó a -23 puntos porcentuales entre el electorado general y a -19 entre votantes registrados —peor que el punto más bajo de Biden tras el desastroso debate de 2024—.
Una encuesta reciente del Pew Research Center revela que el 61 % de los estadounidenses desaprueba el manejo presidencial de la guerra. Esta caída ha empoderado incluso a legisladores republicanos que buscan reelegirse en noviembre: la representante de Carolina del Sur, Nancy Mace, ya declaró públicamente que no apoyaría ninguna medida que implique el despliegue de tropas en Irán. El Departamento de Estado ha insinuado que buscaría financiamiento adicional de 200 mil millones de dólares para la guerra, pero aún no ha presentado una propuesta formal al Congreso, en parte porque su aprobación dista de estar garantizada.
Las tensiones con los aliados tampoco son nuevas, pero la guerra las ha agravado de forma significativa. El 31 de marzo, mientras varios miembros de la Otan presentaban reservas —o se negaban directamente— a que Estados Unidos usara sus bases para lanzar ataques sobre Irán, Trump respondió afirmando que los europeos deberían aprender a defenderse solos. A ello se suman las amenazas sobre Groenlandia, los aranceles impuestos a la Unión Europea y un clima de desconfianza que ha llevado al propio secretario general de la Otan, Mark Rutte, a cuestionar en privado la viabilidad de la alianza.
Las dudas sobre el artículo 5 —la cláusula de defensa colectiva que ha sido la piedra angular de la seguridad occidental desde 1949— nunca habían sido tan profundas. Y aunque el próximo presidente estadounidense podría intentar reconstruir esa confianza, el daño ya está hecho: en política exterior, la credibilidad, una vez perdida, se recupera con dificultad. Además, no existe ninguna garantía de que el sucesor de Trump busque reconstruir las alianzas de Washington.
El impacto económico del conflicto es igualmente grave. En lo que va del año, el precio del combustible de aviación ha subido un 120 %, el del petróleo Brent un 87 % y el del gas natural licuado un 70 % solo este mes. Estas alzas obedecen no únicamente al bloqueo del Estrecho —por donde transita cerca del 2 0% del gas mundial—, sino también al ataque iraní con misiles contra un campo gasífero en Qatar.
Pero las consecuencias van más allá de la energía: por Ormuz pasa cerca de un tercio del suministro global de helio, insumo indispensable para la fabricación de semiconductores, y entre el 20 % y el 30 % del comercio mundial de fertilizantes, según la Oficina de la ONU para la Alimentación y la Agricultura (FAO). Si el bloqueo se prolonga, el mundo podría enfrentar de forma simultánea una crisis energética, una escasez de microchips —con efectos devastadores para economías como la de Taiwán— y una crisis alimentaria global. Irán lo sabe, y por eso el tiempo es su mejor aliado.
La tarea que Trump se ha impuesto es titánica. Busca cortar el acceso de Irán a divisas y provocar una crisis económica interna, mientras simultáneamente contiene el impacto sobre los precios del petróleo, limita la escalada militar y gestiona la compleja diplomacia de un bloqueo que afecta el transporte marítimo de decenas de países.
Si lo lograra, llegaría a una eventual negociación en una posición de fuerza. Pero el régimen iraní cree que ya ganó el primer pulso: sobrevivió la guerra, conservó su material nuclear y mantiene el control de Ormuz. Como advirtió Kevin Rowlands, exdirector del centro de análisis de la Armada Real británica, un bloqueo de estas características no es una medida de una semana. Es un juego de largo aliento, y en ese terreno, Teherán tiene más experiencia, y posiblemente mayor capacidad para ser paciente, que Washington.
Frente a este escenario, el objetivo de garantizar el libre tránsito por el Estrecho de Ormuz no es solo deseable: es urgente. Como señalan Niall Ferguson, Richard Haas y Philip Zelikow en The Free Press, no se puede permitir que Irán convierta en vasallos a los siete Estados que bordean el Golfo Pérsico, la mayoría aliados de Washington. Por eso, es imperativo que los países comprometidos con el libre comercio marítimo impulsen la creación de una Convención de Ormuz. Este instrumento, como señalan Ferguson, Zelilkow y Haas, no necesita inventarse desde cero: puede inspirarse en el Convenio de Montreux de 1936 —que regula los estrechos del Mar Negro y reconoce el principio de libertad de tránsito y navegación para todos los signatarios— y en el acuerdo que rige el Canal de Suez desde 1888, que establece que el canal estará siempre libre y abierto, en tiempos de guerra y de paz, a todo buque de comercio o de guerra, sin distinción de bandera. Este marco se ha mantenido incluso después de que Egipto nacionalizara la empresa operadora del canal en 1956.
Con Ormuz debe ocurrir algo similar. Cualquier acuerdo que ponga fin a las hostilidades debe incluir una hoja de ruta para estabilizar el tránsito por el estrecho. De lo contrario, un régimen autoritario habrá obtenido el control de una arteria económica global, sentando un precedente nefasto en derecho internacional y sembrando las semillas de una inestabilidad duradera en Medio Oriente.
Twitter/X: @Mariocarvajal9C

Internacionalista de la Universidad Javeriana, magíster en Estudios Latinoamericanos de la University of Oxford y magíster en Economía Política Internacional del London School of Economics, donde se graduó con Mérito. Analista de política internacional y geopolítica.
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