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Cuando pasan los años
Si yo encontrara la lámpara de Aladino, no dudaría en pedirle que Tuluá se convirtiera en el amado pueblo en el que nací el 27 de abril de 1935.
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6 de ago de 2026, 02:23 a. m.
Actualizado el 6 de ago de 2026, 02:23 a. m.
Una de las cosas tristes que sufrimos aquellos a quienes Dios nos concede el privilegio de pasar la raya de los 90 años -yo marco 91- es que casi todos los amigos de la juventud murieron. Sé que Jaime Álvarez Jaramillo sobrevive, y tengo la satisfacción de que el más querido compañero de aquellos años, Octavio Toro Gutiérrez, vive y tiene su mente en perfectas condiciones.
Inicié la relación con Octavio en 1948 porque ya era cuñado de mi tía Esperanza Potes quien se casó con Raúl Toro. Y desde entonces iniciamos una relación tan cordial que aún subsiste, y nos comunicamos con alguna frecuencia pues Octavio reside en Bogotá.
Si yo encontrara a la vera del camino la lámpara de Aladino, la frotaría, y cuando el genio me preguntara cuál es mi mayor deseo para que él lo satisficiera, no dudaría en pedirle que me regresara a aquella etapa feliz, y que Tuluá se convirtiera en el amado pueblo en el que nací el 27 de abril de 1935.
Mis padres, muy jóvenes, Federico Restrepo White y Berta Lucía Potes Fernández de Soto, vivían en la vieja casona de La María, que era una de las varias propiedades que poseían los abuelos Benjamín Restrepo González y Alicia White Uribe, que a punta de esfuerzos habían logrado formar un patrimonio considerable.
Sus haciendas La Margarita y La Esperanza, eran los linderos occidental y oriental del poblado, y don Benjamín con las tejas y ladrillos que salían de su galpón, había construido 100 locales en la zona comercial de Tuluá. Ese inmenso capital se esfumó por un absurdo negocio de mi papá en el que comprometió las firmas de los abuelos.
Mi papá consiguió que el Gimnasio Moderno, el excelente colegio bogotano, me admitiera de alumno interno y allí permanecí todos los años del bachillerato. Tuve la fortuna de que mi querido amigo Octavio se trasladó con su familia a vivir a la capital, y nos veíamos todos los fines de semana, y los domingos íbamos al estadio El Campín a ver jugar al Santafé, especialmente cuando jugaba contra su mayor adversario Millonarios, en cuyas filas estaban las grandes luminarias rioplatenses, como Di Estefano, Rossi y Cozzi.
Desde aquellos días empezó mi vida bogotana porque al terminar el bachillerato ingresé al Externado de Colombia a cursar la carrera de derecho, y después alcancé curul tanto en la Cámara de Representantes como en el Senado de la República.
Cuando decidí alejarme de los cargos públicos, ocupé altas posiciones en el sector privado, tales como la dirección ejecutiva de la Sociedad de Agricultores y Ganaderos del Valle del Cauca y la gerencia de la empresa Lloreda, Jabones y Glicerina. Fui miembro de las juntas directivas de la Cámara de Comercio de Cali y de la Fundación Plaza de Toros de Cali.
Si el genio que sale de la lámpara cumple con mi deseo de regresar al pasado, me veo en cualquiera de las calles, ninguna asfaltada, de mi pueblo natal. Me siento en una de las bancas del Parque Boyacá a ver pasar a las niñas más lindas de la ciudad. Me veo en las butacas de los teatros Boyacá y Sarmiento en los que proyectaban las películas que tanto nos gustaban. Y me veo acompañando a mi abuelo Benjamín a las 5 de la mañana cuando ambos íbamos a caballo a su hacienda La Esperanza en la cual tenía su ganadería.
Pero el genio me dijo que ese deseo que me concedía solo duraba 24 horas, y que al día siguiente volvería a ser el nostálgico nonagenario que carga 91 años sobre sus hombros.

Abogado con 45 años de ejercicio profesional. Cargos: Alcalde de Tuluá, Senador y representante a la Cámara, Secretario de Gobierno y Secretario de Justicia del Valle. Director SAG del Valle. Columnista de El Pais desde 1977 hasta la fecha.







