Columnistas
Cali y la posesión presidencial
Esta semana, Cali estará en el centro de la discusión nacional y será una oportunidad extraordinaria para que el país conozca todas las virtudes de la ciudad y para que el gobierno entrante entienda todas sus necesidades y las preocupaciones de sus habitantes.
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3 de ago de 2026, 01:56 a. m.
Actualizado el 3 de ago de 2026, 01:56 a. m.
Por primera vez en la historia de Colombia, un presidente electo asumirá el cargo desde una ubicación distinta al Congreso de la República. Luego de una inmensa polémica y de un largo debate, el Congreso autorizó que la posesión presidencial fuera celebrada en otra ciudad y, a su vez, el presidente electo se bajó de la propuesta inicial de llevarla a cabo en una base militar.
La ciudad elegida por el presidente electo De la Espriella fue Cali. Lejos de ser una casualidad, la posesión en nuestra ciudad representa un enorme símbolo para el gobierno entrante, dado que ha sido uno de los fortines de Petro y Cepeda en los años recientes, y porque también fue una de las ciudades más afectadas durante el paro nacional de 2021. La posesión presidencial en Cali puede tomar dos rumbos y significados históricos, dependiendo del manejo y la visión de De la Espriella: puede ser un gesto de reconciliación en una de las ciudades más divididas, o puede representar un gesto de desafío y de subida de tono frente al petrismo. Lo que más le conviene a la ciudad, sin duda, es la materialización de la primera opción.
Ojalá durante su estadía y su posesión en Cali, el presidente electo sepa entender las preocupaciones de los caleños, la necesidad de proteger el sector productivo y la generación de empleo, la urgencia de aumentar el presupuesto para la educación pública y la importancia de luchar contra la inseguridad en la ciudad. Y que al mismo tiempo sepa respetar las inmensas diferencias políticas que se ven retratadas con tanta claridad en Cali, una ciudad donde el candidato rival ganó con una amplia diferencia y que fue una de las zonas del país donde más aprobación tuvo el nefasto gobierno saliente. Si algo no necesita Cali es precisamente la profundización de las rivalidades ni los discursos que polarizan, sino el liderazgo que busca reconciliar y aumentar la prosperidad de una región, siempre desde el respeto por sus desacuerdos políticos.
Uno de los principales aciertos del presidente De la Espriella sería la priorización de la suma de esfuerzos para la coexistencia de miradas políticas tan enfrentadas y antagónicas desde la tolerancia y el respeto. Si el gobierno saliente le apostó a la radicalización de la sociedad y a la feroz guerra narrativa, la apuesta del presidente entrante debería ser la contraria, sin que eso signifique sacrificar contundencia ni rumbo en su proyecto. Tarde o temprano, el país entenderá que la ruta del gobierno saliente de desconocer un resultado electoral y su llamado a la desconfianza ciudadana sobre sus propias instituciones solo es una fórmula que podrá salir mal, y que el nuevo presidente de la república no puede caer en la trampa de jugar al mismo juego que el presidente saliente Petro.
Esta semana, Cali estará en el centro de la discusión nacional y será una oportunidad extraordinaria para que el país conozca todas las virtudes de la ciudad y para que el gobierno entrante entienda todas sus necesidades y las preocupaciones de sus habitantes. Y que ojalá, lejos de la espectacularización de la política, este evento permita a los gobernantes entender el poder como algo distinto a la majestad de los palacios de gobierno. En un país que cierra un capítulo de populismo divisivo –y que ojalá no abra uno nuevo en este periodo–, será esencial acercar la administración a la ciudadanía y ofrecer respuestas a sus necesidades.

Politólogo de la Universidad de los Andes con maestría en Política Latinoamericana de University College London. Es analista político para varias publicaciones nacionales e internacionales, y consultor en temas de política pública, paz y sostenibilidad.







