Columnista
Arde el Golfo
En Irán están por verse las consecuencias de la guerra. Los primeros indicios señalan que el régimen, aunque debilitado militarmente, aun posee gran capacidad de fuego y de represión interna...
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15 de mar de 2026, 01:03 a. m.
Actualizado el 15 de mar de 2026, 01:03 a. m.
Queda poca duda de que en el Medio Oriente operan dinámicas diferentes al resto del planeta. El conocido adagio del general prusiano Karl von Clausewitz de que “la guerra es la continuación de la diplomacia por otros medios”, adaptado a las condiciones regionales, quedaría: “La guerra es la continuación de la guerra por otros medios” y la diplomacia es un interregno entre guerras. Hace pocos días, un buen día de febrero, Estados Unidos e Israel lanzaron un letal ataque contra Irán, sumergiendo la región en una guerra en que los cielos azules a los que llegan las buenas personas se tiñeron de humo, sangre y fuego.
Al puro inicio del ataque, quedó descabezada la cúpula del régimen iraní, incluido el ‘líder supremo’, dignidad y poder máximo de la República Islámica, además de varias de las más altas autoridades del ejército, la guardia revolucionaria y el gobierno. Sin embargo, un régimen que ha enfrentado grandes desafíos desde el triunfo de la revolución; la guerra de ocho años con Irak y numerosas revueltas internas que ha reprimido a sangre y fuego y para el que su supervivencia es su objetivo sumo, cuenta con la estructura en pie para reemplazar a los ‘caídos’ y los que seguirán cayendo. La asamblea de expertos, un cuerpo clerical de 88 ayatolas encargado de elegir al líder supremo, optó por el hijo del abatido Ayatola Jamenei, Mojtaba Jamenei, de quien poco se sabe y a quien no se le ha visto ni oído desde su ‘ascensión al trono’, pero que pareciera seguir la línea radical de su fenecido padre.
Sorprenden sobremanera los ataques iraníes a los países del golfo, incluso a Qatar, su cercano aliado, pues estos habían anunciado neutralidad en caso de un ataque de Estados Unidos y se habían acercado a Teherán en los últimos meses. Por donde se le mire, es un tiro por la culata que una vez más saca a relucir fallas identitarias regionales: irán vs. el mundo árabe y sunitas vs. chiitas.
Para Israel, la guerra representa la oportunidad tan esperada de asegurar que Irán no desarrolle armas nucleares que considera una amenaza existencial, pues los Ayatolas llevan años amenazando al Estado judío con su aniquilación y atacándolo con sus proxis. Adicionalmente, podrían darse desarrollos diplomáticos regionales favorables a Jerusalem tras el rompimiento entre Irán y el Golfo.
En el Líbano, llegado el momento de la verdad para Hezbollah, de actuar de acuerdo con el interés de la sociedad libanesa o del régimen iraní, escogió lo segundo, arrastró al Líbano a la guerra y le dio a Israel la excusa perfecta para eliminar lo que queda del que fuese el más poderoso proxi iraní en la región, ya degradado sobremanera por Israel en 2024. El gobierno libanés rechazó los ataques de Hezbollah a Israel y anunció el desarme definitivo de la milicia chiita. Amanecerá y veremos.
En Irán están por verse las consecuencias de la guerra. Los primeros indicios señalan que el régimen, aunque debilitado militarmente, aun posee gran capacidad de fuego y de represión interna, se ha ‘enranchado’ y radicalizado, ha anunciado que continuará la guerra hasta las últimas consecuencias, ha bloqueado el estrecho de Ormuz afectando de manera significativa los mercados energéticos globales y ha sembrado caos en la región toda.
Sin embargo, una vez la guerra concluya o baje de intensidad, podrían aparecer fracturas internas al interior del régimen con algunos sectores que ‘negociarían’ con Washington, una especie de ‘Delsy Rodríguez’ persas. Tampoco es descartable un posible colapso bajo el peso de la estruendosa derrota militar y potenciales protestas internas, quedando la duda de quién podría llenar el vacío de poder.
Sea cual fuere el desenlace interno, Irán queda sumamente debilitado, sin poder naval, sin las instalaciones nucleares, con su capacidad misilística disminuida y sin sus proxis que Israel degradó desde octubre 7 de 2023, incluida la caída del Bashar el Assad en Siria. Ya no será, por un tiempo largo, el temible ‘coco’ regional.

Analista internacional para varios medios en Colombia y el exterior. Fue profesor de la Universidad de Externado hasta 2022 y es actual docente de la Universidad del Rosario. Colaborador y columnista de El País desde el 2001.
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