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Afuera el negativismo

Conflictos de pareja, hijos inseguros, amistades resquebrajadas, comportamiento laboral dubitativo son la consecuencia de ese clima negativo que estamos permitiendo que entre a nuestras vidas.

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Eduardo José Victoria Ruiz.
Eduardo José Victoria Ruiz. | Foto: El País.

10 de may de 2026, 01:35 a. m.

Actualizado el 10 de may de 2026, 01:35 a. m.

¿Qué hacer para que en nuestra vida diaria predomine la actitud positiva y la fe? La pregunta surge de la cantidad de mensajes con abundancia de negatividad y de críticas exacerbadas que llevan a la desesperanza.

En cualquier trámite ante oficinas públicas, el placer del servidor oficial es el “no se puede”, el obstáculo, el temor a las “ías”. Y dije ‘placer’ porque muchos funcionarios sienten que su poder se demuestra atravesándose a los planes de los particulares. Es la dictadura de oponerse a todo y demostrar que tiene la capacidad de paralizar la iniciativa que genera empleo y progreso. El permiso de las comunidades, las licencias ambientales exageradas, son ejemplos de ese sadismo intrínseco que muchos llevan en su ADN. Su mantra parece ser: “Soy poderoso porque puedo impedir que los proyectos, obras y sueños de los demás se hagan realidad”.

Pero eso no solo es en los trámites ante las entidades públicas. ¿Ha visto al llegar a un hotel la arrogancia del recepcionista cuando usted reconoce que no tiene reserva, así sea un domingo en la noche y el hotel está vacío? “Grave que no tenga reserva. Vamos a ver si es posible una habitación. Tenga paciencia, por favor”. Y así comienza la espera angustiosa del huésped, pues en este mundo de negativos, todo puede pasar, hasta, como ya dije, en un hotel desocupado. Los restaurantes no son la excepción: “¿Usted no tiene reserva de mesa?”, dice la ‘hostess’ con cara de lamento en un restaurante con decenas de puestos vacíos. “Espere, miramos”.

Muchas secretarias de médico entran en esta categoría. “Pues su cita está para septiembre 10”, le dice con placer perverso maligno al paciente que ha dicho que no puede más con el dolor de la masa que le ha salido en el abdomen y que le quitó el sueño por completo. “Si alguien cancela, le llamamos”, es el consuelo.

La lista es inmensa. Periodistas que, pudiendo exaltar este Cali que vivimos la semana pasada, en una maratón con 20.000 participantes y visitantes de 49 países, su único tema es un hueco en la vía para tratar de acribillar la ciudad como responsable sin profundizar en que el atleta que se cayó fue por un desgarre muscular. Afortunadamente, hay otros como Miguel Yusti, que escribió una deliciosa crónica sobre el Cali nocturno inspirado en lo que está pasando en el Barrio Obrero, o Leonardo Medina, gratamente sorprendido con la recta Cali-Palmira con su nueva iluminación.

Estoy convencido de que la misión no puede ser tapar la ineptitud ni la corrupción, pero mantenerse en una actitud permanentemente negativa, buscando las manchas en las obras de arte, solo conduce a un clima de pesimismo del cual se hace complejo salir. Esa visión apocalíptica y lastimera de la región es la que necesitan los petristas y los corruptos para mantenerse en el poder. A ellos les conviene nadar en la desesperanza, pues en ese lodazal gris no podrán brillar los proyectos ni los líderes decentes que recuperen la buena ruta. En ese bullicio quejumbroso y lastimero, suena exótico un mensaje de optimismo y eso es lo que ellos necesitan y muchos les hacen ingenuamente el juego.

Así como es en lo público, lo que leemos en redes y en medios tradicionales, también lo es en el ámbito privado y termina afectando nuestra vida personal. Esa secuencia de temores y desconfianza sobre los líderes y las instituciones tiene consecuencias en nuestra salud y en nuestra interacción con los demás. Conflictos de pareja, hijos inseguros, amistades resquebrajadas, comportamiento laboral dubitativo son la consecuencia de ese clima negativo que estamos permitiendo que entre a nuestras vidas. Mantengamos lejos a todos aquellos que con su mirada y sus mensajes cortan hasta la leche y matan la esperanza.

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