Editorial

Un momento crucial para la Francia de Macron

Macron parece seguir sordo frente a los movimientos sociales que se han gestado entre sus gobernados y ahora pretende encontrar en medidas restrictivas de la libertad la manera de apaciguar los ánimos…

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En violentos saqueos y disturbios terminaron las protestas convocadas por colectivos vinculados a los llamados 'Chalecos amarillos' en Francia.
En violentos saqueos y disturbios terminaron las protestas convocadas por colectivos vinculados a los llamados 'Chalecos amarillos' en Francia. | Foto: Tomada de redes sociales

21 de oct de 2026, 12:40 a. m.

Actualizado el 21 de oct de 2026, 12:40 a. m.

Al menos 1500 negocios saqueados o destruidos, más de 2500 personas arrestadas y cerca de 1000 agentes heridos es el balance que dejan los disturbios que se registraron el pasado fin de semana en Francia, que puede leerse como uno de los capítulos más violentos que han tenido lugar en ese país desde hace un mes y que lleva a preguntarse hasta dónde puede llegar esa ola de exasperación que ya se está expandiendo por el Viejo Continente.

Porque si bien todo comenzó con centenares de estudiantes que, como sucedió en Mayo del 68, desde septiembre han organizado masivas manifestaciones para llamar la atención sobre las que consideran precarias condiciones educativas, lo que ahora se percibe es un creciente clima de inconformidad que se ha extendido a más sectores de la población gala que se han sumado a las protestas para reclamar otras reivindicaciones sociales.

Todo a seis meses de unas elecciones presidenciales marcadas, como en el resto del planeta, por un clima de polarización política que se empeña en hacerle creer a la ciudadanía que no hay más opciones que las que plantean la extrema derecha o la extrema izquierda.

Precisamente a integrantes de esta última línea ideológica las autoridades francesas les atribuyen la responsabilidad de los disturbios que tuvieron lugar el fin de semana y que obligaron este lunes a decretar el toque de queda en varias ciudades, como Marsella, la segunda más grande del país, donde se impusieron restricciones a la realización de reuniones públicas, lo que resalta de manera negativa en la que se precia de ser una de las democracias más sólidas del mundo.

Sin embargo, lo que parece estar de fondo detrás de estrategias violentas como las que se vieron los dos últimos días en Francia, y que deben ser rechazadas también por los demás gobiernos europeos, es que la juventud de ese continente ha decidido que las redes sociales ya nos les resultan suficientes para evidenciar la crisis de justicia social que está aquejando a la Nación liderada por Emmanuel Macron, a quien solo un año después de su llegada al poder, en 2017, los llamados Chalecos Amarillos se encargaron de notificarle el malestar que ya sentía una parte importante de la población gala.

De hecho, casi toda la década que el centroderechista ha estado al frente deldestino de los franceses ha permanecido marcada por protestas como la que entonces llevó a revertir un controvertido impuesto al combustible y a revalorizar el salario mínimo; la que en 2013 no logró evitar que se impusiera el impopular proyecto de retrasar en dos años la edad legal de jubilación; o el malestar agrícola por el encarecimiento del gasóleo que en 2024 derivó en el bloqueo de autopistas y el vertido de estiércol en lugares simbólicos del país. Y ahora, bajo el título ‘Amarillos y Jóvenes’, se exhorta a que la Generación Z, junto con los campesinos, los profesores, los activistas climáticos y los jubilados se manifiesten contra el “alto costo de la vida”.

Pero lo más grave es que, como al comienzo de su presidencia, Macron parece seguir sordo frente a los movimientos sociales que se han gestado entre sus gobernados y ahora pretende encontrar en medidas restrictivas de la libertad la manera de apaciguar los ánimos, en lugar de reconocer que sí hay una crisis de la justicia social y que solo escuchando e involucrando a todos los sectores de la población en la búsqueda de soluciones podría recuperar la confianza de la ciudadanía, bajo la premisa de que la violencia nunca será un camino válido para lograr el bienestar de una sociedad.

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