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Un Magnificat que también cantamos nosotros

María cantó la grandeza de Dios. Tres siglos después, Bach convirtió aquel canto en una de las experiencias musicales más conmovedoras de la historia.

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Rodrigo Obonaga Pineda.
Rodrigo Obonaga Pineda. | Foto: El País.

12 de ago de 2026, 01:10 p. m.

Actualizado el 12 de ago de 2026, 01:10 p. m.

Hay cansancios que no se curan durmiendo.

Después de un día difícil, podemos cerrar los ojos, apagar el teléfono, dejar a un lado las noticias y buscar una película, un libro o cualquier cosa que nos distraiga. A veces funciona. La mente se ocupa de otra cosa y, durante un momento, conseguimos olvidar aquello que nos pesa.

Pero existe otro cansancio: el cansancio del alma.

Ese no siempre necesita distracción. A veces necesita belleza. Necesita silencio. Necesita encontrarse con algo que le recuerde que la vida es más grande que las preocupaciones que la ocupan.

Para quien vive su fe, hay músicas que pueden convertirse en un verdadero descanso espiritual. Entre todas ellas, el Magníficat de Johann Sebastián Bach ocupa un lugar excepcional. Es, a mi juicio, una de las obras más bellas jamás escritas y uno de los Magníficat más extraordinarios de toda la historia de la música.

No es solamente una obra para escuchar.

Es una obra en la que uno puede descansar.

Un canto nacido de una visita

El Magníficat comienza con una mujer que se pone en camino.

María ha recibido el anuncio del ángel y visita a su prima Isabel. No sabemos cuánto duró aquel viaje ni qué pensamientos atravesaron su corazón. Sabemos, sin embargo, que al encontrarse ambas mujeres sucede algo extraordinario.

Isabel reconoce en María la presencia de Dios.

«Proclama mi alma la grandeza del Señor».

De ese encuentro nace el Magníficat.

La escena tiene una sencillez que conmueve. No ocurre en un palacio ni delante de una multitud. Ocurre en una casa, en el encuentro de dos mujeres. Y, sin embargo, de aquella visita surge uno de los grandes cantos de la historia cristiana.

Tal vez por eso podemos reconocernos en ella.

Todos necesitamos una visitación.

Todos necesitamos, alguna vez, encontrarnos con alguien que nos devuelva la esperanza. Todos necesitamos un lugar donde podamos dejar por un momento nuestras preocupaciones y recordar que no estamos solos.

Para unos puede ser una conversación. Para otros, una iglesia silenciosa. Para otros, una página, una oración o una música.

El Magníficat puede ser ese lugar.

Y quizá haya algo más: así como María llevó a Isabel la alegría de una presencia que todavía no podía comprenderse plenamente, también nosotros podemos ser, sin saberlo, una visita que lleve consuelo a alguien. Y nosotros mismos necesitamos ser visitados, acompañados, escuchados.

Cuando Bach hace sonar la alegría

Bach compuso su Magnificat en Leipzig en 1723, durante su primer año como Thomaskantor. La obra nació en el contexto de la fiesta de la Visitación, aunque su primera interpretación documentada tuvo lugar el día de Navidad de ese mismo año. Bach escribió entonces la obra en mi bemol mayor. Diez años después preparó una revisión en re mayor, sustituyó algunos elementos de la instrumentación original y eliminó las interpolaciones navideñas, dejando una versión apropiada para otras celebraciones. Es esta versión, BWV 243, la que se interpreta habitualmente hoy.

Bach era luterano. Y, sin embargo, puso música a las palabras de María con una intensidad que sigue sorprendiendo tres siglos después. Su confesión cristiana pertenecía a otra tradición, pero el texto que tenía delante era el cántico de una mujer que, para todos los cristianos, ocupa un lugar único en la historia de la salvación.

Desde sus primeros compases, la música parece abrir una ventana.

Entran las trompetas, los timbales, los oboes, las flautas y las cuerdas. El coro proclama la grandeza de Dios con una energía que no permite permanecer indiferente. Bach no comienza con tristeza.

Comienza con alegría.

Y esa alegría resulta especialmente significativa porque el Magnificat no nace de una vida sin problemas. María no conoce todavía todo lo que habrá de suceder. Su camino estará marcado por la incertidumbre, el dolor y aquella espada que Simeón anunciará que atravesará su alma.

Pero María canta.

Ahí está uno de los grandes secretos de esta obra: la esperanza cristiana no consiste en negar las dificultades, sino en descubrir que no tienen la última palabra.

Bach parece comprenderlo.

La música como una casa

Hay algo extraordinario en la manera en que Bach construye sus voces.

Las melodías entran, se buscan, se responden, se cruzan. Cada voz tiene su propia identidad, pero ninguna está sola. Todas forman parte de una arquitectura mayor.

El Magnificat está organizado en doce números, que alternan coros, arias y conjuntos vocales. Bach cambia constantemente las combinaciones de voces e instrumentos para dar a cada palabra una expresión particular.

Quizá esta sea una de las razones por las que su música puede producir una sensación tan profunda de orden.

Vivimos rodeados de ruido. Muchas veces también llevamos ruido dentro de nosotros: pensamientos que se superponen, preocupaciones que se contradicen, decisiones pendientes, recuerdos, temores.

Y entonces comienza Bach.

Durante unos minutos, todo parece encontrar su lugar.

La música no resuelve nuestros problemas. Pero puede ayudarnos a recuperar la serenidad necesaria para mirarlos de otra manera.

Es una diferencia pequeña y, al mismo tiempo, enorme.

El Et misericordia: cuando Dios se acerca

Entre todos los momentos del Magnificat, hay uno al que regreso con especial frecuencia: Et misericordia.

Después del esplendor inicial, Bach conduce la obra hacia una intimidad distinta. El movimiento está escrito para contralto y tenor, cuyas voces dialogan con una delicadeza extraordinaria, acompañadas por las flautas traversas. El texto proclama que la misericordia de Dios permanece de generación en generación.

Es difícil no detenerse ante estas palabras.

Vivimos en una época que habla mucho de poder, éxito, velocidad y rendimiento. Bach, en cambio, nos conduce hacia una palabra distinta: misericordia.

Y la misericordia tiene otra velocidad.

No grita.

No necesita demostrar nada.

Permanece.

Quizá por eso este movimiento tenga una capacidad tan particular para consolar. Hay momentos en los que uno no necesita explicaciones ni grandes discursos. Necesita saber que puede descansar.

Que puede dejar de luchar durante un instante.

Que sus heridas no tienen por qué esconderse.

Que Dios puede acercarse también en la fragilidad.

Et misericordia es, para mí, uno de esos lugares donde la música deja de ser solamente música y comienza a convertirse en compañía.

Después del silencio, vuelve la luz

Pero Bach no permanece indefinidamente en la intimidad.

La obra vuelve a levantarse.

Después de varios movimientos de carácter más recogido, la alabanza recupera toda su fuerza. Y al llegar al Gloria Patri, el coro vuelve a reunir la obra en una proclamación luminosa: «Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo». Es el último de los doce números del Magnificat.

Regresan el brillo de las trompetas, la fuerza del coro y el movimiento de las cuerdas. Es como si, después de haber descansado en la misericordia, pudiéramos volver a mirar hacia la luz.

También nuestra vida conoce esos movimientos.

Hay días luminosos y días oscuros. Hay momentos en que sentimos que podemos con todo y otros en los que apenas conseguimos avanzar. Hay momentos de oración profunda y otros en los que solamente podemos permanecer en silencio.

La fe no elimina esos cambios.

Los atraviesa.

Y Bach parece acompañarnos en ese camino.

El regalo de María

Quizá lo más hermoso sea recordar que todo comenzó con María.

Ella no escribió una teoría sobre Dios.

Cantó.

No intentó explicar el misterio.

Lo alabó.

No sabía todo lo que le esperaba.

Pero confió.

Por eso el Magnificat continúa siendo tan actual. Porque también nosotros vivimos sin conocer completamente lo que nos espera. También nosotros tenemos preguntas sin respuesta. También nosotros necesitamos aprender a confiar.

Al acercarnos a la solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María, el cántico adquiere una resonancia todavía más profunda.

La Iglesia contempla a María, aquella joven que cantó la grandeza del Señor, asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial. Su historia recuerda al creyente que la fragilidad, el sufrimiento y la muerte no constituyen el destino definitivo del ser humano.

Hay una promesa de vida.

Hay una promesa de luz.

Y hay una esperanza que no depende de que todo vaya bien.

Todos necesitamos un lugar donde descansar

Quizá por eso sigo volviendo al Magnificat.

No porque cada vez descubra algo nuevo en la partitura, aunque siempre sucede.

Vuelvo porque hay músicas que uno escucha y músicas que uno habita.

Esta es, para mí, una de ellas.

Hay momentos en que necesitamos alejarnos un poco del ruido del mundo. No para huir de la realidad, sino para regresar a ella con el corazón más sereno.

El Magnificat puede ofrecernos ese espacio.

Podemos escucharlo después de una jornada agotadora. Podemos escucharlo al comenzar el día. Podemos hacerlo en silencio, en una iglesia, en casa o durante un viaje. No hace falta ser músico para comprenderlo. Tampoco hace falta conocer el contrapunto de Bach.

Basta con escuchar.

Quizá entonces descubramos que la música puede hacer algo que pocas cosas consiguen: ordenar por unos instantes aquello que llevamos desordenado por dentro.

Y cuando finalmente llega la última nota, queda el silencio.

Pero ya no es el mismo silencio.

Algo ha cambiado.

Tal vez no nuestras circunstancias.

Tal vez no nuestros problemas.

Pero sí, quizá, nuestra manera de mirarlos.

María cantó hace dos mil años: «Proclama mi alma la grandeza del Señor».

Bach tomó aquellas palabras y las convirtió en música.

Tres siglos después, siguen atravesando el tiempo.

Y tal vez ese sea uno de los regalos más grandes de esta obra: recordarnos, en medio del cansancio, que todavía podemos levantar la mirada; que la misericordia permanece; que la esperanza es posible y que, incluso en los días más difíciles, existe un lugar donde el alma puede descansar.

A veces ese lugar comienza con una oración.

A veces con el silencio.

Y a veces, sencillamente, con Bach.

Docente pedagogo y especialista en Filosofía y Letras, con experiencia en relaciones humanas, ética empresarial y gestión cultural. Divulgador de la música culta, integra rigor académico y sensibilidad artística. Su labor impulsa la formación cultural del país.

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