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Telemann y el poder del trueno
Cuando la naturaleza se convierte en música y el asombro conduce a lo divino.
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4 de nov de 2026, 12:25 a. m.
Actualizado el 4 de nov de 2026, 12:26 a. m.
El 1 de noviembre de 1755, mientras Lisboa celebraba la festividad de Todos los Santos, la tierra comenzó a estremecerse. Un terremoto devastó la capital portuguesa; después llegaron las olas del océano y los incendios que consumieron buena parte de la ciudad. La catástrofe sacudió las conciencias europeas y reavivó preguntas que acompañan al ser humano desde antiguo: ¿cómo comprender la fuerza de la naturaleza?, ¿qué lugar ocupamos en un mundo capaz de mostrarse tan hermoso como imprevisible?
En 1756, Georg Philipp Telemann presentó en Hamburgo la primera parte de una obra vinculada a aquella conmoción: la Donner-Ode, conocida como Oda del trueno (TWV 6:3). En 1760 añadió una segunda parte. Inspirada en la poesía bíblica, la composición transforma la potencia de la naturaleza en una experiencia musical de extraordinaria intensidad. El trueno deja de ser un fenómeno que simplemente nos sobresalta y se convierte en motivo de contemplación.
Telemann no pretende explicar la catástrofe ni reproducir una tormenta como si la orquesta fuera un paisaje. Su propósito es más profundo: hacer que el estruendo despierte el asombro y que este, mediante la palabra y la música, se abra a la pregunta por lo trascendente.
El misterio de la creación
Georg Philipp Telemann (1681-1767) fue uno de los compositores más admirados de la Europa de su tiempo. Su dominio de los estilos francés, italiano y alemán, unido a una imaginación melódica extraordinaria, le permitió desarrollar un lenguaje flexible, lleno de contrastes y recursos expresivos.
El texto de la Oda del trueno parte de las traducciones poéticas de los salmos realizadas por Johann Andreas Cramer. La selección de los salmos 8 y 29 se relaciona con el poeta Karl Wilhelm Ramler y el compositor y teórico Christian Gottfried Krause. Estas fuentes proporcionaron a Telemann imágenes de gran fuerza: los mares estremecidos, los cedros quebrados, las montañas que tiemblan ante la voz divina.
En el salmo 29, la voz del Señor resuena sobre las aguas y manifiesta su poder en la creación. La naturaleza no aparece como un decorado, sino como una realidad que supera la medida humana. Telemann encuentra en esas imágenes una posibilidad musical excepcional: convertir la palabra bíblica en sonido, y el sonido en una experiencia que compromete tanto la sensibilidad como el pensamiento.
La obra nació en un tiempo en que la catástrofe de Lisboa había intensificado el debate europeo sobre la naturaleza, la providencia y el sufrimiento. Su relación con aquel acontecimiento es significativa, pero no conviene reducir su sentido a una reacción inmediata ante el terremoto. La pregunta que plantea es más amplia: ¿cómo puede el ser humano contemplar una fuerza que lo supera y encontrar en esa experiencia un motivo de reflexión?
Cuando el trueno entra en la orquesta
El coro inicial, Wie ist dein Name so groß (“¡Qué grande es tu nombre!“), establece el horizonte espiritual de la obra. La admiración ante la grandeza divina se convierte en proclamación colectiva. No es una afirmación abstracta: Telemann le da cuerpo mediante una construcción musical que combina solemnidad, movimiento y energía.
El comienzo presenta un ritmo marcado y majestuoso, que recuerda la gravedad de una obertura francesa. Después, una sección más ágil aporta impulso y animación, antes de que regrese el material inicial. Este contraste entre solemnidad y movimiento hace que el coro no sea una simple sucesión de palabras grandiosas: la propia forma musical expresa el paso de la contemplación a la exaltación.
Las tres trompetas y los timbales son fundamentales. Su brillo y contundencia evocan la potencia del trueno, mientras las cuerdas, los vientos y las voces participan en una trama cuidadosamente organizada. La percusión, en particular, no se limita a marcar el pulso: en determinados pasajes adquiere una presencia expresiva propia y contribuye a la impresión de fuerza natural.
Telemann no necesita imitar literalmente cada sonido de una tormenta. Trabaja con el ritmo, el timbre, el contraste y la densidad musical para despertar en el oyente una sensación de amplitud y estremecimiento. La orquesta parece ensanchar el espacio; las voces, por su parte, orientan esa energía hacia la palabra religiosa.
Aquí reside una de las cualidades más notables de la composición: el efecto espectacular no está separado del pensamiento. La fuerza sonora tiene una dirección, y la organización musical permite que el asombro se convierta en escucha consciente.
Cinco voces ante la inmensidad
La primera parte alterna el coro con cinco arias solistas —una para soprano, otra para alto, una para tenor y dos para bajo— y un dúo de bajos. Cada intervención aporta una perspectiva distinta. El coro proclama; las voces individuales desarrollan imágenes concretas; el dúo reúne la energía acumulada en una afirmación de especial intensidad.
En el aria de soprano Bringt her, ihr Helden (“¡Venid, héroes!“), la invocación adquiere carácter de convocatoria. A continuación, Fallt vor ihm hin (”¡Postraos ante Él!“), confiada al alto, expresa reverencia. La alternancia vocal diversifica el discurso y evita que la obra quede reducida a una sucesión uniforme de escenas grandiosas.
El tenor canta Die Stimme Gottes erschüttert die Meere (“La voz de Dios estremece los mares”). La imagen, vinculada al salmo 29, cobra fuerza mediante la escritura vocal y el acompañamiento instrumental. El mar representa aquí una dimensión de la creación que el ser humano no puede someter a su voluntad. La música no describe solamente el movimiento de las aguas: convierte esa imagen en una experiencia de poder y misterio.
Las dos arias de bajo profundizan en esa visión. Die Stimme Gottes zerschmettert die Zedern (“La voz de Dios quiebra los cedros”) evoca árboles cuya solidez parece desafiar cualquier fuerza; Sie stürzt die stolzen Gebirge zusammen (“Derriba los montes majestuosos”) extiende la imagen hasta las montañas. El registro grave aporta peso y solemnidad a unas palabras que cuestionan la aparente invulnerabilidad de la naturaleza.
La primera parte culmina con el dúo de bajos Es donnert, dass er verherrlicht werde (“Truena para que Él sea glorificado”). Las voces se entrelazan con trinos y notas repetidas que intensifican la evocación del trueno, mientras los timbales refuerzan la tensión. No se trata de un dúo concebido únicamente para el lucimiento vocal: ambas voces funcionan casi como instrumentos dentro de una construcción retórica que concentra el sentido de la obra.
Después regresa el coro inicial. Su reaparición completa el arco musical: la proclamación que abrió la composición vuelve a escucharse tras el recorrido por las imágenes de los mares, los cedros y las montañas. La música ha llevado al oyente desde la afirmación inicial hasta una experiencia más intensa de su significado.
Más allá del estruendo
La segunda parte, incorporada en 1760, amplía el horizonte de la composición. Comienza con Mein Herz ist voll (“Mi corazón está lleno”) y desarrolla imágenes procedentes del salmo 45, de carácter regio y solemne. La obra pasa así de la contemplación de las fuerzas naturales a un lenguaje de majestad, victoria y alabanza.
Este cambio importa porque evita que la Oda del trueno permanezca encerrada en el sobresalto. La segunda parte abre otro espacio expresivo, en el que la palabra religiosa adquiere una dimensión más celebrativa. El coral Dein Nam’ ist zuckersüß (“Tu nombre es dulcísimo”) introduce, además, una nota de intimidad y dulzura que contrasta con la potencia de los metales y los timbales.
La grandeza no excluye la cercanía. Después de escuchar una música que parece estremecer el mundo, el oyente encuentra también un lenguaje de confianza y alabanza. Esta diversidad afectiva enriquece la obra y revela que su propósito no consiste en glorificar la fuerza por sí misma, sino en explorar las distintas respuestas del espíritu ante lo que considera superior a él.
La fragilidad humana y lo sublime
La Oda del trueno adquiere una resonancia especial cuando se escucha a la luz del terremoto de Lisboa. Una catástrofe revela hasta qué punto la vida humana depende de fuerzas que no puede controlar. Sin embargo, la obra de Telemann no invita a permanecer en el miedo: transforma la conmoción en una experiencia de escucha, reflexión y alabanza.
Su lenguaje se aproxima a lo sublime: aquello que nos sobrepasa puede ensanchar nuestra percepción y hacernos conscientes de los límites de nuestra propia medida. La grandeza no siempre se manifiesta como serenidad. También puede presentarse en el estruendo, el contraste y la energía que desborda nuestras expectativas.
Esta lectura requiere una cautela fundamental. El sufrimiento de quienes padecieron el terremoto no debe convertirse en un recurso estético, ni cabe presentar la catástrofe como un castigo divino demostrado. La música no explica por qué ocurren las desgracias y tampoco elimina el dolor. Su fuerza consiste en ayudarnos a contemplar la fragilidad sin renunciar a la búsqueda de sentido.
Telemann no resuelve el misterio de la naturaleza: le da forma musical. La fe no sustituye la investigación de los fenómenos físicos; ofrece, desde su propio horizonte, una manera de interrogarse por el sentido de la existencia. El arte, por su parte, hace posible que esa pregunta se experimente mediante el sonido y no solo a través de conceptos.
El trueno convertido en alabanza
La grandeza de la Oda del trueno reside en la correspondencia entre texto, voces e instrumentos. Las trompetas y los timbales aportan potencia; las arias exploran distintos matices; el coro reúne la diversidad en una proclamación común. Todo responde a una arquitectura en la que la expresividad está unida a la forma.
Escuchar esta obra es asistir a una transformación: el estruendo se convierte en ritmo, la fuerza en estructura y el asombro en pensamiento. La naturaleza conserva su misterio, pero la música nos permite contemplarla desde una perspectiva nueva. Allí donde el ruido podría producir solamente desconcierto, el arte crea relaciones, proporciones y significado.
La belleza no explica todo lo que sucede en el mundo ni borra sus heridas. Puede, sin embargo, ensanchar nuestra mirada y despertar una forma más profunda de atención. Telemann nos recuerda que la música religiosa no necesita apartarse de la experiencia humana: puede partir de aquello que nos estremece y conducirnos hacia la contemplación.
Al final, las trompetas y los timbales no explican el trueno: lo convierten en lenguaje. Y cuando el coro retoma su proclamación inicial, la fuerza que parecía dominarlo todo encuentra una forma que el espíritu puede escuchar. El estruendo se vuelve alabanza; la música, una manera de contemplar la creación y abrirse al misterio que la trasciende.

Docente pedagogo y especialista en Filosofía y Letras, con experiencia en relaciones humanas, ética empresarial y gestión cultural. Divulgador de la música culta, integra rigor académico y sensibilidad artística. Su labor impulsa la formación cultural del país.
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