Columnistas
¿Puede la democracia con China?
El modelo chino tiene el lujo de pensar a largo plazo y de ejecutar sin que nadie le cambie los planes.
Siga a EL PAÍS en Google Discover y no se pierda las últimas noticias

1 de ago de 2026, 12:28 a. m.
Actualizado el 1 de ago de 2026, 12:28 a. m.
Nadie lo vio venir. BYD, Build Your Dreams, nació en China en 1995 con veinte empleados. Hoy es el mayor fabricante de vehículos eléctricos del mundo. Superó a Tesla, dejó atrás Mercedes y BMW y forzó a Occidente a protegerse con aranceles. La expansión de BYD no se detiene ahí. Sus buses están en más de 300 ciudades del mundo. El 97 % de la flota eléctrica de TransMilenio en Bogotá son suyos y los primeros ya ruedan por el MIO de Cali. Lo más probable es que el pasajero que se sube no sabe que viaja en bus chino. Pero la historia de BYD va más allá de los vehículos. Es sobre dos modelos de mundo que no compiten con las mismas reglas.
Todo empieza en 2015, cuando Beijing lanzó un plan llamado Made in China 2025, una apuesta de Estado para dejar de ser la fábrica barata del mundo y convertirse en su líder tecnológico en diez industrias estratégicas. Para el 2024 la mayoría de esas metas se cumplieron. Vehículos eléctricos, paneles solares, drones, robótica, equipos de telecomunicaciones, entre otros. El gigante asiático lidera en todos. Occidente reaccionó tarde, con aranceles y subsidios. Los defensores del libre mercado pidieron protección al Estado. No es hipocresía. Es la respuesta contra alguien que no juega con las mismas condiciones.
Nuestros países democráticos gobiernan por períodos, cambian las reglas todo el tiempo y están en disputa constante sobre el rumbo. Eso no es una falla, es una elección. Las democracias existen para proteger a los ciudadanos de sus propios gobiernos. Lo que un gobierno empieza, el siguiente puede deshacer. Por eso los líderes democráticos rara vez invierten en lo que no verán terminado en su mandato. Mientras tanto, el modelo chino tiene el lujo de pensar a largo plazo y de ejecutar sin que nadie le cambie los planes. Su ventaja tiene una sola condición, el silencio de quienes no están de acuerdo.
Esa exigencia contradice su propia Constitución, que dice garantizar la libertad de expresión, prensa, reunión y manifestación. En la práctica, los hechos demuestran lo contrario. Netflix intentó por tres años operar en China. El comité de censura del Partido no aprobó ni un solo episodio. La ‘libertad’ existe hasta que incomoda al régimen. Y su injerencia no se queda ahí, el Partido no necesita ser dueño de una empresa para controlarla. Con una participación del 1 % en sus acciones obtiene un asiento en el consejo directivo y poder de veto sobre sus decisiones. Lo llaman acciones de oro. En China, cualquier empresario sabe que el Estado siempre será su socio. Quien no esté de acuerdo con el modelo asumirá las consecuencias.
En 1989, cientos de estudiantes chinos salieron a pedir democracia. El Estado les mandó tanques. Muchos, quizás miles, murieron esa noche. Nadie sabe cuántos, y eso también es parte de la historia. Esa fecha no existe en Baidu, el ‘Google” chino que permite controlar lo que sus ciudadanos pueden consultar. Un millón de uigures, una minoría étnica musulmana en Xinjiang, están forzados a “campos de educación” que la ONU no ha podido investigar porque el régimen no deja verificar. Tienen más de un centenar de periodistas presos, el número más alto del mundo. La gran muralla China bloquea Google, WhatsApp, YouTube y X. Y así, Beijing controla no solo el presente, también el pasado.
El mundo ya sabe que eficiencia industrial y autoritarismo pueden coexistir. En 2020, BYD lanzó una batería que eliminó el cobalto, uno de los minerales más costosos del mercado.
No lo optimizó. Lo eliminó. Eso se logra cuando todo el proceso está en manos de una sola empresa, desde extraer la materia prima hasta ensamblar el vehículo final. Los chinos dominan la cadena completa, desde el litio hasta la batería terminada. El resultado es un vehículo comparable en calidad al europeo, un 30 % más barato. Eso no se alcanza cerrando fronteras, ni de un día para otro. Se construye en décadas.
Y mientras Occidente regula, China construye. Mientras Occidente vota, China entrega. Esa brecha no se cierra con aranceles ni con subsidios. Se cierra con la voluntad de planificar más allá de las próximas elecciones.







