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La señorita Potes (II)
Décadas de tertulias, de proyectos silenciosos, de mediación sin partido. Su nombre figura hoy en la lista breve de mujeres que han ocupado la alcaldía de Tuluá.
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15 de oct de 2026, 02:20 a. m.
Actualizado el 15 de oct de 2026, 02:20 a. m.
Su liberalismo no venía de directorio ni de asamblea. Le venía por herencia espiritual del doctor Tomás Uribe Uribe, hermano del general Rafael Uribe Uribe -el gran prócer liberal asesinado en 1914-, que había vivido en Tuluá hasta su muerte en 1934 y a quien hoy honra el hospital departamental que lleva su nombre. Por esa línea la señorita Potes se sentía descendiente política de aquel liberalismo de bandera roja. Aunque nunca militó formalmente, aunque nunca fue candidata, aunque nunca ocupó cargo directivo en el partido fue -como bien lo describió Noticias Caracol décadas después- heredera espiritual de la casa de los Uribe Uribe en un apellido donde todos los demás eran conservadores.
En algún momento de sus últimos años, ya anciana, el gobernador del Valle Humberto González la nombró alcaldesa de Tuluá. Duró un año en el cargo. Fue, más que una elección, un reconocimiento tardío a lo que la ciudad le debía: décadas de tertulias, de proyectos silenciosos, de mediación sin partido. Su nombre figura hoy en la lista breve de mujeres que han ocupado la alcaldía de Tuluá.
Pero la verdad es que su influencia había sido siempre mayor sin cargo que con él. Fue en aquellos años cuando la sombra de los pájaros cubría a Tuluá y el vendedor de quesos que ella misma había ayudado a colocar en la galería -León María Lozano- comenzaba a ordenar muertes desde otras mesas de otras casas, cuando la señorita Potes, sin gritar, sin renunciar, sin salir del país, siguió siendo lo que siempre fue: una liberal soltera que en su ciudad no se escondía. No encabezó movimientos de protesta ni instó a los notables a firmar cartas contra El Cóndor -esa memoria más militante que se le atribuye pertenece más a la ficción literaria que a la historia documentada, pero mantuvo, en un pueblo dividido por el miedo la costumbre tenaz de recibir en su sala, y seguir pensando la ciudad como si nada hubiera cambiado.
Años después, cuando el escritor tulueño Gustavo Álvarez Gardeazábal escribió ‘Cóndores no entierran todos los días’ y necesitó una figura que encarnara la resistencia moral de un pueblo frente al terror, no tuvo qué inventarla. La tenía en la memoria de su infancia tulueña. La puso en la novela con su nombre exacto, con el bastón de plata y la mesa cubierta por un gobelino verde desteñido donde -en el mundo del libro- se hicieron los panfletos más atrevidos contra la violencia. Ese bastón y ese gobelino son de la novela; el resto -la casa, las tertulias, el Círculo, la joyería, el teatro, la bomba, las noches de conversación- era Tuluá.
Así aquella soltera liberal que había convocado a los tulueños a su mesa dejó de pertenecer solamente al pueblo. Pertenece, desde entonces, a la literatura colombiana. Y no es fácil saber, cuando alguien dice “la señorita Potes” si habla de la mujer real o del personaje que la elevó al mito.
Quizá esa es la mejor prueba de que las dos merecían existir.
***
Desde aquí, quiero darle las gracias al autor del precioso texto literario que escribió sobre ese personaje que tanto hizo por mi pueblo natal, porque ella siempre pensó en lo que podíamos hacer los tulueños por engrandecer la ciudad.

Abogado con 45 años de ejercicio profesional. Cargos: Alcalde de Tuluá, Senador y representante a la Cámara, Secretario de Gobierno y Secretario de Justicia del Valle. Director SAG del Valle. Columnista de El Pais desde 1977 hasta la fecha.
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