Columnistas
La religión y la política
La gran sorpresa es que el proceso de secularización parece haber retrocedido.
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7 de oct de 2026, 02:52 a. m.
Actualizado el 7 de oct de 2026, 02:52 a. m.
“Hubo un tiempo en que el hombre tenía un cielo dotado de una riqueza pletórica de pensamientos y de imágenes. El sentido de cuánto es radicaba en el hilo de luz que lo unía al cielo; entonces, en vez de permanecer en este presente, la mirada se deslizaba hacia una esencia divina situada más allá del mundo, si así vale decirlo”. Así escribía poéticamente Hegel, un conocido filósofo de comienzos del Siglo XIX, para hacer referencia a una época en la que la religión lo abarcaba todo, llenaba todos los intersticios de la vida y, sobre todo, era el fundamento del poder político. Pero luego vino lo que los sociólogos llaman la ‘secularización’ consistente en que “amplios sectores de la sociedad y de la cultura fueron sustraídos de la dominación de las instituciones y los símbolos religiosos”, sobre todo el Estado.
En la fundación de Estados Unidos encontramos un primer paso en esta última dirección. De acuerdo con un viajero de la época “no existía en ese país ni religión del Estado ni religión declarada de la mayoría, ni preeminencia de un culto sobre el otro. El Estado era extraño a todos los cultos”. Sin embargo, la creencia generalizada era que “un hombre sin religión no podía ser un hombre honesto”. Alexis de Tocqueville cuenta la historia de un juez que rechaza el testimonio de un ciudadano, porque dice no creer “ni en Dios ni en la inmortalidad del alma”. La religión se convirtió entonces en un asunto de la vida privada, alejada del poder político y en un importante factor de regulación de las conductas.
Luego tenemos el caso de Francia con la Tercera República instaurada del 4 de septiembre de 1870, que separó por decreto la Iglesia y el Estado e hizo todos los esfuerzos para construir una ‘moral laica’ secular y alternativa a la ‘moral religiosa’ para regular las relaciones entre los ciudadanos. En el último siglo y medio se han presentado roces entre católicos y republicanos pero hoy en día el Estado francés es laico -como debe ser cualquier Estado moderno y democrático- y los católicos, a pesar de la laicización de la autoridad política, siguen siendo mayoritarios con un elevado número de bautizados.
En nuestros países, por el contrario, la religión católica se inscribió en un ‘matrimonio estrecho’ con el poder político, que se conservó hasta épocas muy recientes. A lo largo de los siglos XIX y XX conocimos grandes enfrentamientos alrededor del elemento religioso y de su vinculación con múltiples violencias, sobre todo en los años 1950. La Constitución de 1991, consciente de que era indispensable separar la religión de la política para evitar la violencia, selló el proceso con la transformación del Estado confesional de la Constitución de 1886 en un estado laico (así el resultado no hubiera sido completo). Hoy en día los obispos aceptan que la mayoría católica no les da derecho a que el Estado se comprometa con una sola creencia y han florecido múltiples confesiones religiosas que aspiran a ser reconocidas legalmente.
La gran sorpresa es que el proceso de secularización parece haber retrocedido. Las estadísticas nos dicen que el número de personas sin religión se ha incrementado (el 43 % de los jóvenes en EE. UU. dicen no tener ninguna) pero la contienda política por motivos religiosos va en ascenso, en el marco de las múltiples movilizaciones identitarias que están a la orden del día. Los políticos han comprendido que la religión da réditos electorales y es así como vemos al Presidente de Colombia convertido en creyente de un día para otro y repitiendo el grito de Viva Cristo Rey (sin importarle que era el llamado de combate en la Cristiada mexicana, en la Guerra Civil española y en la Violencia de 1950 en Colombia); o a los candidatos de la campaña presidencial de Brasil en una disputa simbólica por la apropiación de los símbolos religiosos: Bolsonaro quiere consagrar el país a Jesucristo y Lula defiende a Nuestra Señora la Aparecida, patrona de Brasil, que los evangélicos no reconocen. La izquierda misma, tradicionalmente agnóstica, parece, pues, dispuesta a aceptar el nuevo reto de la ‘batalla cultural’.

Profesor Departamento de Ciencias Sociales Universidad del Valle e investigador del Cidse desde 16 de mayo de 1977. Doctor en Sociología de la EHESS de París. Fue Decano de la Facultad de Ciencias Sociales y Económicas y director de los programas de pregrado, maestría y doctorado en Sociología. Escribe para El País desde 1998.
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