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El olor de la guayaba
Basta leer unas cuantas páginas para comprobar que aquella conversación sigue viva. Como las buenas entrevistas, nunca caduca.
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2 de ago de 2026, 12:26 a. m.
Actualizado el 2 de ago de 2026, 12:26 a. m.
Con la muerte, esta semana, del periodista y escritor Plinio Apuleyo Mendoza, a los 94 años, volví a uno de esos libros a los que periodistas regresamos cuando necesitamos recordar por qué hacemos este oficio: El olor de la guayaba.
Más que una entrevista, es una larga conversación en la que Plinio desmenuza, entre otras cosas, los secretos del oficio de Gabriel García Márquez. Es una obra a la que vale la pena volver de vez en cuando en busca de luz.
Allí, Gabo le cuenta a Plinio, por ejemplo, que se escribe mejor cuando se dispone, “en todo sentido”, de condiciones confortables. “No creo en el mito romántico de que el escritor debe pasar hambre, debe estar jodido, para producir. Se escribe mejor habiendo comido bien y con una máquina eléctrica”. Un escritor, un periodista que deba el recibo de la luz difícilmente podrá concentrarse.
En la charla entre estos dos amigos íntimos —que a veces se peleaban y se distanciaban— Gabo confiesa que, después de la claustrofobia, uno de sus grandes temores era la hoja en blanco. Enseguida revela un remedio sorprendentemente sencillo.
“Esa angustia se acabó para mí en cuanto leí un consejo de Hemingway, en el sentido de que se debe interrumpir el trabajo solo cuando uno sabe cómo continuar al día siguiente”.
Y añade: “Ahora no fumo, y trabajo solo de día. De nueve a tres de la tarde, en un cuarto sin ruidos y con buena calefacción. Las voces y el frío me perturban”.
De Hemingway —lo contó también en otra entrevista— Gabo aprendió que escribir era como boxear. “Él se ocupaba de su salud y de su estado físico”.
El periodismo fue una gran escuela para el Gabo novelista. En El olor de la guayaba explica que este oficio le enseñó los recursos para darle verosimilitud a sus historias, una de las piezas fundamentales del realismo mágico.
“Ponerle sábanas blancas a Remedios la Bella para hacerla subir al cielo, o darle una taza de chocolate y no de otra bebida al padre Nicanor Reina antes de que se eleve diez centímetros del suelo, son recursos o precisiones de periodista, muy útiles”.
Para Gabo, las novelas, los cuentos y las crónicas nacían, casi siempre, de una imagen.
“La siesta del martes, que considero mi mejor cuento, surgió de la visión de una mujer y de una niña vestidas de negro y con un paraguas negro, caminando bajo un sol ardiente en un pueblo del desierto. ‘La hojarasca’ es un viejo que lleva a su nieto a un entierro. El punto de partida de ‘El coronel no tiene quien le escriba’ es la imagen de un hombre esperando una lancha en el mercado de Barranquilla. La esperaba con una especie de silenciosa zozobra. Años después yo me encontré en París esperando una carta, quizás un giro, con la misma angustia, y me identifiqué con el recuerdo de aquel hombre”.
También concedía una importancia enorme a la primera frase, a lo que en las redacciones llamamos el lead. Decía que, en ocasiones, tardaba más encontrándola que escribiendo el resto de la novela.
“Porque la primera frase puede ser el laboratorio para establecer muchos elementos del estilo, de la estructura y hasta de la longitud del libro”.
Y sobre la inspiración desmontaba otro de los grandes mitos de la literatura. No era un estado de gracia, sino el resultado de la persistencia.
“Es una reconciliación con el tema a fuerza de tenacidad y dominio. Cuando se quiere escribir algo, se establece una especie de tensión recíproca entre uno y el tema, de modo que uno atiza al tema y el tema lo atiza a uno. Hay un momento en que todos los obstáculos se derrumban, todos los conflictos se apartan, y a uno se le ocurren cosas que no había soñado, y entonces no hay en la vida nada mejor que escribir”.
Cuando terminaba un libro, a Gabo le ocurría lo mismo que a Hemingway: dejaba de interesarle. “Es un león muerto”, decía.
Paradójicamente, la muerte de Plinio Apuleyo Mendoza hizo que muchos volviéramos a abrir El olor de la guayaba. Y basta leer unas cuantas páginas para comprobar que aquella conversación sigue viva. Como las buenas entrevistas, nunca caduca.







